
A comienzos de mayo, el régimen de Putin parecía enfrentar una tormenta perfecta: un estancamiento en el campo de batalla, una economía estancada y una respuesta estatal visiblemente deficiente ante crisis que iban desde las inundaciones en Daguestán hasta un brote de fiebre aftosa en Siberia. Al mismo tiempo, el Kremlin intensificó los apagones de internet móvil y amplió los esfuerzos de los servicios de seguridad para estrechar el control sobre las redes sociales.
Aún más llamativas resultaron las críticas inusuales de figuras públicas habitualmente afines al Kremlin, entre ellas la videobloguera Viktoria Bonya y el rapero Guf: una posible señal de creciente frustración entre sectores de la élite y franjas de la sociedad rusa que hasta entonces se habían mantenido políticamente al margen. Mientras tanto, los medios occidentales se han llenado de informes sobre el desplome de los índices de aprobación de Putin e incluso de especulaciones sobre una posible conspiración en su contra. El propio Putin ha respondido con repetidas garantías de que las restricciones a internet son “temporales” y de que la guerra está “llegando a su fin”. ¿Apunta algo de esto a una crisis genuina del régimen ruso?
En efecto, la primera mitad de 2026 trajo un repunte de la inflación y un descenso perceptible del nivel de vida. A estas alturas, los efectos de lo que algunos economistas han llamado “keynesianismo de guerra” —un crecimiento alimentado por un gasto estatal masivo— parecen haberse agotado en gran medida. Durante los dos primeros años de la guerra, la proporción de rusos que ganaban más de 1.000 dólares al mes se duplicó, del 5 al 10 por ciento. Pero el Ministerio de Desarrollo Económico pronostica ahora un crecimiento salarial de apenas el 2 por ciento para 2026, por debajo de la meta oficial de inflación del gobierno, del 5 por ciento. Como resultado, los ingresos de los hogares están cayendo, en la práctica, en términos reales.
Al mismo tiempo, el déficit del presupuesto federal ha seguido ampliándose, hasta alcanzar el 2,5 por ciento: muy por encima del techo previsto por el gobierno, del 1,6 por ciento, para el año. Mientras el Kremlin continúa gastando miles de millones de rublos en el esfuerzo bélico, tiene pocas opciones para cerrar la brecha más allá de subir los impuestos y recortar el gasto social.
La profundización de la crisis económica erosiona el mito de la “estabilidad de Putin”, pero no necesariamente puede desembocar en una protesta masiva. Como en los años noventa, durante las llamadas reformas de mercado, cuando la mayoría de los rusos apenas lograba sobrevivir, es probable que el deterioro del nivel de vida alimente una apatía y un desencanto políticos aún mayores.
A diferencia de la era Yeltsin, sin embargo, la causa de las penurias actuales resulta clara para todos: la guerra de agresión en curso en Ucrania. Los ataques de drones ucranianos, que se han vuelto especialmente intensos en los últimos meses, hacen imposible ignorar la realidad de esta guerra —ni el hecho de que Rusia claramente no la está ganando—. La brecha entre la percepción de los hechos que tiene el Kremlin y la que tienen los rusos de a pie se ensancha con rapidez.
Recientemente, el portavoz del Kremlin, Peskov, afirmó que la retirada del ejército ucraniano de la región de Donetsk no es un asunto a tratar en posibles negociaciones con Kiev, sino una condición previa para ellas.
En otras palabras, una vez que Ucrania ceda voluntariamente parte de su territorio, es probable que se planteen nuevas exigencias. Está claro que el Kremlin no tiene interés en un alto el fuego y que planea una gran ofensiva en el Donbás este verano y otoño. El objetivo de esta ofensiva no es solo militar, sino también político: es necesario convencer a Trump de que Rusia sigue dominando en el campo de batalla, y de que, por tanto, Estados Unidos debe aumentar la presión sobre Kiev para obligarlo a aceptar las condiciones del Kremlin.
El plan de Putin pone claramente de relieve un conflicto entre sus ambiciones personales y los intereses del pueblo ruso. Las pérdidas del ejército ruso en el frente han alcanzado su nivel más alto en lo que va de año: por ejemplo, solo en la segunda mitad de abril murieron alrededor de 4.500 soldados (en total, al menos 350.000 rusos han muerto a lo largo de los cinco años de guerra). El número de víctimas civiles también va en aumento debido a los ataques con misiles ucranianos contra infraestructura militar y energética (aunque esto es del todo incomparable con las víctimas de los ataques rusos sobre las ciudades ucranianas).
El recrudecimiento de la represión y los intentos del gobierno por restringir el flujo de información son una respuesta al creciente descontento. Mientras que antes el régimen gozaba en gran medida de legitimidad ante la población como garante de la estabilidad de la vida cotidiana, ahora se apoya cada vez más en el miedo a la policía y a los servicios secretos. En este sentido, Putin podría estar avanzando hacia el modelo iraní, en el que un régimen que no cuenta con el apoyo de la mayoría conserva el poder mediante la violencia.
En cuanto al ánimo de la élite política y empresarial, esta se siente, por supuesto, insatisfecha con la continuación interminable de la guerra, la recesión económica, las restricciones a internet y el creciente poder de los servicios de seguridad. Sin embargo, contrariamente a los rumores que difunden diversos medios occidentales, no se está gestando ninguna conspiración contra Putin.
Esto es así por varias razones. Primero, el miedo a la represión mantiene a la élite dividida y recelosa. Conviene recordar que, durante el último año, el número de arrestos de funcionarios del gobierno ha aumentado drásticamente: han sido detenidos decenas de empleados del Ministerio de Defensa (incluidos varios exadjuntos del ministro Serguéi Shoigú), así como representantes de otras dependencias. En 2024, el ministro de Transporte, Roman Starovoit, se suicidó ante la amenaza de arresto, mientras que el viceministro de Recursos Naturales, Denis Butsaev, huyó a Estados Unidos. Varios empresarios prominentes sospechosos de deslealtad política han perdido sus propiedades y su libertad (así le ocurrió, por ejemplo, a Vadim Moshkovich, propietario de una de las mayores empresas agrícolas del país).
Segundo, la agenda y las perspectivas de una conspiración semejante resultan poco claras en las circunstancias actuales, ya que esta élite carece de una visión común y definida sobre una orientación alternativa de política exterior o sobre las condiciones para poner fin a la guerra.
Por último, la desaparición de Putin podría desatar conflictos a gran escala dentro de la élite rusa por el control de la propiedad. Tras haber destruido todas las instituciones políticas del país a lo largo de sus 25 años de gobierno, el propio Putin se ha convertido en el único factor que mantiene un equilibrio relativo de intereses dentro de la clase dominante. Y es por eso que la élite teme su partida más que la continuación de sus destructivas aventuras militares.
Las versiones inglesa y rusa de este artículo aparecieron inicialmente en Posle. Esta traducción española apareció inicialmente en el sitio web de la Cuarta Internacional. Versión francesa aquí. Versión árabe [aquí].
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