Lo que la amistad de Noam Chomsky con Jeffrey Epstein dice de la política progresista, por Kavita Krishnan – 6 de diciembre de 2025

El icono de la izquierda pasó por alto la violencia sexual, de la misma manera que los progresistas literarios y culturales de la India han acogido a un hombre cuya condena por violación fue anulada.

“He conocido a [toda] clase de personas, incluso a grandes criminales de guerra. No lamento haber conocido a ninguno de ellos”. Esa fue la beligerante respuesta en 2023 del intelectual público Noam Chomsky a la pregunta de un periódico sobre sus relaciones con Jeffrey Epstein. Más recientemente, los correos electrónicos de Epstein revelan una estrecha amistad con Chomsky y su esposa.

De particular interés es un testimonio (sin fecha, pero escrito en 2017 o después) redactado por Chomsky para Epstein, en el que describe su amistad de seis años como una experiencia “valiosa” y “gratificante”, gracias a la amplitud intelectual y la perspicacia de Epstein, y dice que “Jeffrey ha conseguido organizar repetidamente, a veces sobre la marcha, reuniones muy productivas con figuras destacadas de las ciencias y las matemáticas, y de la política mundial, personas cuyo trabajo y actividades yo había investigado, aunque nunca había esperado conocerlas”.

En la infame entrevista de Newsnight de la BBC, a Andrew Mountbatten Windsor le preguntaron si, en retrospectiva, sabiendo que Epstein era un pedófilo y un depredador sexual, sentía “culpa, arrepentimiento o vergüenza” por su amistad con él. No, respondió, “la razón es que las personas que conocí y las oportunidades que se me dieron de aprender, ya fuera de él o gracias a él, fueron en realidad muy útiles… (eso) tuvo resultados muy beneficiosos en ámbitos que no tienen nada que ver con (sus delitos)”.

Tanto Chomsky como Andrew dicen que no lamentan haber sido amigos de Epstein porque, a través de él, pudieron conocer a gente útil e importante.

Andrew se enfrenta a la acusación de haber violado a una niña menor de edad objeto de trata por parte de Ghislaine Maxwell y Epstein. Debo subrayar aquí que conocer a Epstein o reunirse con él no implica en modo alguno que Chomsky fuera partícipe de sus delitos contra niñas y mujeres. No sugiero “culpabilidad por asociación” ni me interesa un momento de “te pillé” a su costa.

Pero para mí la pregunta es esta: ¿qué nos dice la relación de Chomsky con Epstein sobre si las supervivientes de violencia sexual importan en nuestra política, en la política de izquierda y progresista?

En 2005, las autoridades habían empezado a investigar las denuncias de 36 niñas menores de edad, una de ellas de solo 14 años, según las cuales Jeffrey Epstein las había presionado para que le dieran masajes sexuales y las había sometido a trata para otros hombres. Sacaron a la luz abundantes pruebas que respaldaban lo que decían las niñas, y finalmente, en 2008, un borrador de acusación formal le imputó 60 delitos federales, suficientes para condenarlo a cadena perpetua.

Pero Epstein, como es sabido, se libró con un simple tirón de orejas. En un acuerdo de culpabilidad sumamente benévolo, confesó un delito menor, el de solicitar a una menor para la prostitución, y pasó 13 meses en un régimen de prisión abierta en el que estaba libre durante el día y volvía a la cárcel por la noche. Todo esto se discutió y criticó ampliamente en los grandes medios de comunicación.

En 2023, Chomsky explicó por qué él y su esposa trabaron amistad con Epstein a pesar de su condena por delitos sexuales contra niñas menores de edad. “Lo que se sabía de Jeffrey Epstein era que había sido condenado por un delito y había cumplido su pena”, dijo. “Según las leyes y normas vigentes en Estados Unidos, eso supone borrón y cuenta nueva”.

Analicemos esto un poco.

Chomsky es una figura icónica de la izquierda cuyos escritos introdujeron a generaciones enteras en la naturaleza del poder, la impunidad de los poderosos y la propaganda que fabrica consenso en torno a esa desigualdad, violencia e impunidad sistémicas. Si unos niños de clase obrera se hubieran quejado de haber sido víctimas de trata por parte de un director ejecutivo ricachón para hacer un trabajo tóxico y peligroso, y ese director ejecutivo se hubiera librado con un simple tirón de orejas, ¿sostendría Chomsky que ahora tenía borrón y cuenta nueva?

Pero las reglas parecen distintas cuando los niños de clase obrera en cuestión son niñas, objeto de trata y esclavizadas no para el trabajo en una fábrica, sino para el trabajo sexual. En el mundo político de Chomsky, estas supervivientes individuales de la depredación sexual son invisibles.

El término clave del testimonio de Chomsky es “normas vigentes”. La insinuación es que el movimiento MeToo cambió las normas vigentes y que la amistad de Chomsky con Epstein no debe juzgarse según las nuevas normas feministas. Pero eso no es cierto. Incluso funcionarios de policía condenaron públicamente el acuerdo de culpabilidad de Epstein como una burla de las normas de justicia vigentes, al igual que la mayoría de los comentaristas de los medios “convencionales”. ¿Por qué aceptó Chomsky de buen grado las normas de ese acuerdo, que habían caído a un nivel vergonzoso con cualquier criterio?

Al hablar con los medios en 2008, tras declararse culpable, Epstein empleó una asombrosa metáfora que reveló cómo veía sus actos y las “leyes y normas vigentes”. Se “comparó con Gulliver naufragado entre los diminutos habitantes de Liliput”, diciendo que “el carácter juguetón de Gulliver tuvo consecuencias imprevistas. Eso es lo que ocurre con la riqueza. Hay cargas imprevistas además de beneficios”.

Conviene recordar que, en su correo electrónico a Epstein, Andrew se despidió con las palabras “Jugamos más tarde”. Epstein y su círculo ven la depredación pedófila como una muestra de “carácter juguetón”. Epstein se veía a sí mismo como alguien especial, con derecho, por su riqueza, a “jugar” con “gente diminuta” como niñas menores de edad sin dinero ni estatus. Las leyes y normas vigentes las habían hecho gente diminuta y de mente estrecha que no podía comprender la cultura de quienes estaban tan por encima de su posición.

Como intelectual público, a Chomsky se le considera un defensor de la “gente diminuta”. Pero se hizo amigo de Epstein y respondió por él, y hasta la fecha no ha dicho una palabra en apoyo de las supervivientes “diminutas”.

El hecho de que Chomsky expresara admiración por la capacidad de Epstein de coger el teléfono y conectar de inmediato con los peces gordos del mundo es revelador: ¿de verdad no pensó que esa capacidad, esas conexiones, podían tener algo que ver con la levedad de su castigo?

¿Por qué escribió siquiera Chomsky ese testimonio para Epstein, dirigido “A quien corresponda”? Sabemos que Epstein lanzó una importante campaña de relaciones públicas para rehabilitarse tras declararse culpable de abuso sexual de menores. Parte de esa campaña incluyó donaciones a universidades y reuniones con intelectuales y científicos, todo lo cual ayudó a pulir su imagen empañada. ¿Escribió Chomsky ese testimonio a petición de Epstein, como su contribución a esa campaña de relaciones públicas? Chomsky escribió ese testimonio como figura pública; ahora tiene el deber de explicar al público por qué lo hizo.

El problema es que Chomsky no es una excepción. Aquí en la India acabo de leer críticas entusiastas de una representación de Mahmood Farooqui en Dastan-e-Ret-Samadhi, adaptación de la novela en hindi Ret Samadhi (por la que la autora y la traductora, ambas mujeres, recibieron el Premio Booker). Farooqui fue condenado en su día por violación y su condena fue anulada por un tribunal superior.

El juez que lo absolvió aceptó la valoración del tribunal de primera instancia de que la palabra de la superviviente era creíble y de que, efectivamente, había dicho “no”. Según la letra y el espíritu de la ley “vigente”, eso es una violación, sin lugar a dudas. Pero el juez creó un nuevo concepto jurídico, rebajando las leyes y normas vigentes, para absolver. Un “no débil”, sentenció, podía significar un sí.

La propia expresión “no débil” nos recuerda que la superviviente sí dijo que no, lo que demuestra que, de hecho, fue agredida sexualmente contra su voluntad. Oigo decir a amigos progresistas: “Lo han absuelto, así que es inocente, así que por qué no íbamos a darle tribuna; no podemos castigarlo a perpetuidad”.

A cada uno de ellos le digo: eres libre de dar tribuna a Farooqui y de celebrarlo. Pero en cada escenario, en cada página en que lo haces, estás proclamando a los cuatro vientos tu rotundo respaldo y publicidad del lema: Un no débil es un sí. Como Chomsky, tú también aceptas de buen grado, como propia, la más grotesca y farsesca burla de las normas judiciales.

El juez del “no débil” aplicó al “no” de una mujer instruida un criterio más exigente: era tarea suya hacer que su “no” fuera lo bastante rotundo para que el hombre lo entendiera. Pero al hombre le aplicó un criterio muy bajo: pese a su dominio del lenguaje, la literatura, las artes escénicas y el cine, no cabía esperar que entendiera que no significa realmente no. No cabía esperar que, ante la duda, usara sus palabras y le preguntara a la mujer: has dicho que no, ¿quieres que pare?

Chomsky quedó deslumbrado por Epstein y por otro de los comensales de este, el “gran artista” Woody Allen (también acusado de abusar sexualmente de su propia hija cuando esta era una niña de corta edad). Los progresistas literarios y culturales de la India están deslumbrados por el arte del hombre con la hoja de parra del “no débil”.

Si tratas las acusaciones de agresión sexual contra un hombre como irrelevantes para tu valoración política de su intelecto, su arte y sus ideas, eres lo contrario de progresista. Las normas han progresado y más te vale ponerte al día o quedarte atrás.

Kavita Krishnan es activista por los derechos de las mujeres y escritora, radicada en Delhi (India).

Este artículo apareció inicialmente en Scroll.in. Esta traducción al español apareció inicialmente en Viento Sur y se publica aquí con correcciones.

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