A continuación se presenta la traducción al español de la introducción al nuevo libro de Ilya Budraitskis e Ilya Matveev, Russia’s New Imperialism: Capital and Ideology.
La invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022 fue un acto de agresión no provocado que causó una inmensa tragedia al pueblo ucraniano y exigió sacrificios incalculables a sus defensores. Fue, y sigue siendo, un misterio. El plan original de Rusia se basaba en suposiciones bastante fantasiosas. El Kremlin esperaba que la guerra terminara en diez días y ni siquiera consideró escenarios alternativos. Los soldados rusos llevaban consigo sus uniformes de gala, preparándose para un inminente desfile en la calle Khreshyatik de Kiev. Muchos viajaban en camiones sin blindaje, con solo una fina lona para protegerse de las emboscadas terrestres y aéreas ucranianas. Al segundo día de la invasión, Putin se dirigió directamente a las tropas ucranianas, instándolas a derrocar al gobierno civil. Los mensajes recibidos por los altos mandos militares ucranianos, que les instaban a rendirse, confirman que su llamado fue serio y no una mera retórica. En definitiva, resulta evidente que el Kremlin esperaba que una demostración de fuerza rápida y contundente fuera suficiente para derrotar y someter a Ucrania, uno de los países más grandes de Europa tanto en territorio como en población.
Pero el misterio que rodea la decisión de invadir es más profundo que las ilusiones del Kremlin sobre Ucrania y los ucranianos. Incluso si Putin hubiera logrado instaurar un régimen títere en Ucrania, convirtiéndola en otra Bielorrusia, no está claro qué habría ganado Rusia. Los lazos políticos, económicos, culturales y académicos con Occidente se habrían roto igualmente, limitando el potencial de desarrollo de Rusia. Y Rusia se habría encontrado inmersa en una nueva guerra fría, con una posición geopolítica y geoeconómica mucho más débil que en la época soviética. ¿Por qué provocar un conflicto multidimensional con un bloque veinte veces mayor en términos de PIB?
La extrañeza del error de cálculo del Kremlin se ve agravada por el hecho de que ya se había manifestado un patrón de consecuencias contraproducentes desde que Rusia inició su agresión contra Ucrania en 2014. La anexión rusa de Crimea y su participación encubierta en la guerra del Donbás ya habían provocado el descontento de muchos ucranianos hacia Rusia; sin embargo, Putin seguía creyendo que cambiarían de opinión si se destituía a sus líderes, a quienes describió como «un grupo de drogadictos y neonazis». [1] Además, las acciones agresivas de Rusia desde 2014 ya habían fortalecido el flanco oriental de la OTAN (y no al revés, como afirmaba Putin), lo que hacía totalmente predecibles las consecuencias estratégicas de la invasión de 2022, como la adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN. En otras palabras, el Kremlin ajustó su estrategia perdedora redoblando la apuesta.
En este libro, buscamos contextualizar y explicar la agresión externa de Rusia. Creemos que justifica el término imperialismo, que definimos como una política sistémica de coerción en las relaciones internacionales bajo condiciones de distribución de poder altamente asimétrica. La coerción contra un Estado más débil puede tomar muchas formas: política, económica y militar. Por ejemplo, las acciones coercitivas de Rusia hacia Ucrania en el período postsoviético incluyeron la interferencia en las elecciones de 2004-2005; cortes de gas y manipulación de los precios del gas; sobornos y adquisición de activos económicos para obtener una posición política en el país; restricciones comerciales relacionadas con el intento de Ucrania de firmar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea en 2013; la anexión de Crimea; la instigación y coordinación de levantamientos separatistas en el Donbás; operaciones de inteligencia y “medidas activas”; y, finalmente, su invasión a gran escala del país en 2022. [2] Elementos de este repertorio de coerción se pueden encontrar en las relaciones de Rusia con otros estados postsoviéticos, incluidos Bielorrusia, Moldavia, Georgia y Armenia. [3]
Desde el análisis fundamental de Lenin, el imperialismo se ha tratado a menudo en la crítica académica como una etapa o periodo en el desarrollo del sistema capitalista global. Sin embargo, si bien Lenin definió el imperialismo como «la etapa más elevada del capitalismo», también reconoció la existencia de múltiples imperialismos en su época. En 1916, por ejemplo, caracterizó el imperialismo ruso como «mucho más tosco, medieval, económicamente atrasado y militarmente burocrático» que el imperialismo occidental. De manera similar, Trotsky formuló la «ley» del desarrollo desigual y combinado basándose en el caso ruso, según la cual los Estados con diferentes niveles de desarrollo capitalista coexisten e interactúan dentro de un mismo sistema internacional, lo que también afecta a sus políticas imperialistas. Tanto Lenin como Trotsky sugieren que debemos esperar que diferentes modalidades de imperialismo coexistan en un mismo periodo, desafiando la idea de una única «esencia» del imperialismo. Además, las dimensiones ideológicas y subjetivas del imperialismo poseen una lógica y causalidad propias que diversifican aún más las variedades y prácticas imperialistas. En el caso del imperialismo ruso postsoviético, como veremos, la consolidación ideológica es particularmente importante.
Un perspicaz editorial de la revista de izquierda Salvage, publicado el 22 de abril de 2022, dos meses después del inicio de la invasión, afirmaba: «La izquierda se burló en gran medida de la insistencia estadounidense en que se avecinaba un ataque ruso, por lo que ahora es necesario reevaluar la multiplicidad de actores imperialistas contemporáneos». Sin embargo, el editorial describía el imperialismo ruso como, en gran medida, un reflejo del imperialismo occidental. En este libro, pretendemos revelar la especificidad del imperialismo ruso, así como sus implicaciones globales.
¿Lenin o Schumpeter?
En la década de 1910 tuvo lugar un importante debate, aunque indirecto, entre el pensador marxista Vladimir Lenin y el pensador liberal Joseph Schumpeter. En *El imperialismo, fase superior del capitalismo*, Lenin retomó el argumento de John Hobson, afirmando que la agresión imperialista y las rivalidades Inter imperialistas eran un subproducto necesario del capitalismo monopolista y sus contradicciones (es decir, la necesidad de encontrar salidas rentables para el excedente de capital). Para Lenin, el imperialismo era un fenómeno esencialmente moderno vinculado al desarrollo del capitalismo. Además, radicalizó la postura de Hobson al afirmar que el capitalismo era irreformable y que, por lo tanto, las guerras Inter imperialistas eran inevitables.
En un extenso ensayo titulado «Imperialismo y clases sociales», Schumpeter respondió a Lenin y a otros marxistas de la Segunda Internacional reformulando la tesis del doux commerce (comercio pacífico), característica del pensamiento liberal. Sostuvo que el imperialismo no surge orgánicamente del desarrollo capitalista. El capitalismo canaliza las energías sociales hacia la industria, no hacia la guerra, y, por lo tanto, «un mundo puramente capitalista… no puede ofrecer un terreno fértil a los impulsos imperialistas». Según Schumpeter, el imperialismo sobrevive en las sociedades capitalistas como un producto atávico de estructuras sociales e ideologías precapitalistas que aún persisten. [4]
Tanto Lenin como Schumpeter admitieron cierta flexibilidad en sus teorías. Como hemos visto, Lenin reconoció la importancia del legado de un Estado absolutista para el imperialismo, particularmente en el caso de Rusia. Schumpeter, por otro lado, aceptó que el imperialismo —si bien ajeno al capitalismo en su forma «pura»— permitía una relación mutuamente beneficiosa entre los intereses estatales y capitalistas. De hecho, en su análisis de los monopolios capitalistas bajo el imperialismo, se acercó notablemente a los argumentos de los marxistas de la Segunda Internacional. Sin embargo, en esencia, las visiones de Lenin y Schumpeter sobre la relación entre capitalismo e imperialismo siguen siendo diametralmente opuestas.
La yuxtaposición de Lenin y Schumpeter puede ayudarnos a reflexionar sobre el imperialismo ruso contemporáneo. ¿Son las tendencias imperialistas de Rusia un subproducto necesario del desarrollo de su economía capitalista postsoviética? ¿O, por el contrario, son un legado nefasto del pasado soviético e imperial, un fantasma ahora visible precisamente debido a la debilidad del desarrollo capitalista postsoviético de Rusia? Guiados por estas preguntas, examinamos fuentes tan diversas como estadísticas económicas y militares, discursos de Putin, escritos de intelectuales imperialistas-nacionalistas marginales, encuestas de opinión y entrevistas con ciudadanos rusos comunes. También combinamos enfoques de la economía política y la teoría social. Las respuestas no son definitivas.
La tesis de Lenin sin duda contribuye en gran medida a explicar el resurgimiento del imperialismo en la Rusia postsoviética. En la década de 2000, se observaron indicios de una crisis de sobreacumulación en la economía rusa. Los países postsoviéticos representaban una salida particularmente atractiva para la inversión rusa, ya que ofrecían la posibilidad de reconstruir las cadenas de suministro de la era soviética bajo el control de empresas rusas. Además, eran un terreno familiar para los directivos rusos y albergaban el potencial de un fuerte crecimiento del mercado. De hecho, el imperativo de la expansión económica presionó al Estado ruso para que adoptara una postura más firme en su «vecindario inmediato». El Kremlin consideraba la coerción, en forma de medidas económicas, injerencia política y operaciones de inteligencia, como una manera de promover los intereses de las empresas rusas (muchas de ellas estatales). Incluso una intervención militar limitada podía alinearse con estos objetivos económicos, como en el caso de la guerra de Rusia con Georgia en 2008, que, entre otras cosas, socavó la participación de Georgia en el gasoducto Nabucco, que evitaba Rusia.
Sin embargo, la explicación leninista tiene claras limitaciones. Estas se refieren al lugar específico de la economía rusa dentro del sistema capitalista global. Desde su resurgimiento a principios de la década de 2000, el capital ruso ha ocupado una posición intermedia en las redes capitalistas globales. Si bien fue influyente y, en algunos casos como en Bielorrusia y Armenia, dominante en los países postsoviéticos, también dependía de los centros capitalistas occidentales. Rusia actuó como un nodo regional en el proceso de acumulación globalizada. Cuando Gazprom utilizó los cortes de gas para obligar a Moldavia y Ucrania a entregar su infraestructura de gas, los inversores occidentales de la compañía, como BlackRock, se beneficiaron tanto como los accionistas rusos, incluido el Estado ruso. Al mismo tiempo, empresas como Gazprom adquirieron activos en Occidente y sus propietarios y directivos compraron mansiones de lujo en Londres y enviaron a sus hijos a colegios privados de élite. Esta combinación de poder y dependencia se refleja en la noción de subimperialismo, desarrollada originalmente por el economista brasileño Ruy Mauro Marini para identificar el lugar de Brasil en el sistema capitalista global. No apunta tanto a un conflicto de suma cero entre capitales nacionales, como planteaba Lenin, sino más bien a una jerarquía de formaciones capitalistas.
La posición subimperialista de Rusia implicaba que los factores económicos por sí solos no podían explicar (y, de hecho, dificultaban) la ruptura radical con Occidente que se produjo tras la anexión rusa de Crimea en 2014. El impulso para abandonar su posición subimperialista y entablar una confrontación total con Occidente solo podía provenir de otro lugar, no de los imperativos de la acumulación de capital. ¿Qué ocurre, entonces, con la explicación schumpeteriana alternativa?
La obsesión del Kremlin con Ucrania sin duda lleva la impronta de antiguos discursos imperiales, revelando una continuidad entre el pasado y el presente. En un artículo publicado en 2021, pocos meses antes de la invasión, Putin describió a rusos y ucranianos como «un solo pueblo» dividido por la enemistad de los enemigos geopolíticos de Rusia. La representación de la identidad ucraniana como una invención de los servicios de inteligencia extranjeros fue, de hecho, uno de los sellos distintivos de la política de la Rusia imperial hacia Ucrania a principios del siglo XX. Los mitos y las obsesiones históricas parecen repetirse.
Pero la pregunta persiste: ¿Cómo llegó esta forma particular de nacionalismo imperial a ejercer una influencia tan poderosa sobre un sector influyente de la élite rusa, incluido el propio Putin? Surge aquí otro enigma. Si el pasado se manifiesta en el presente en forma de ideología imperial, ¿cómo es que su megalomanía y fanatismo reemplazaron el cinismo extremo característico de la élite rusa postsoviética? Después de todo, el marco de análisis dominante de la Rusia de Putin se ha centrado durante mucho tiempo en las nociones de corrupción y cleptocracia. Sin embargo, la cadena de acontecimientos que comenzó con la anexión de Crimea no encaja con esta visión del Kremlin como meramente cleptocrático o interesado únicamente en asuntos económicos. ¿Cómo llegó el mundo de las ideas a ser tan importante para el régimen ruso?
En este libro sostenemos que la ideologización no se limitó a reemplazar el cinismo. Más bien, la nueva ideología imperial del Kremlin se basa precisamente en llevar su visión cínica del mundo al límite. Los años formativos de Putin como político coincidieron con un período en el que las ideologías estaban ampliamente desacreditadas y los «ideales» eran considerados una broma. En este mundo de capitalismo aventurero, reinaba la ley del más fuerte. Con el tiempo, Putin y un subconjunto de sus allegados comenzaron a proyectar la experiencia rusa de acumulación primitiva en el escenario mundial. Tras haber vivido el «capitalismo piraña» de la década de 1990, comenzaron a concebir las relaciones internacionales como una lucha despiadada por la supervivencia en la que solo una rápida demostración de fuerza podía evitar que un actor fuera aplastado por otro. El farol equivalía a debilidad, y la debilidad a la muerte. Esta visión del mundo se radicalizó con la Primavera Árabe, las revoluciones de colores en los antiguos estados soviéticos, las protestas de la oposición rusa en 2011-2012 y el levantamiento del Maidán en Ucrania. Negándose a considerar la posibilidad de que se tratara de auténticas luchas populares, el Kremlin interpretó todas estas movilizaciones como un arma utilizada por Occidente contra sus adversarios, incluida Rusia. Siguiendo esta lógica, el Kremlin equiparó la supervivencia del régimen político con los intereses de seguridad del propio país.
El resultado fue que el cinismo generalizado del Kremlin adquirió un andamiaje intelectual compuesto por nacionalismo imperial, estatismo conservador y teorías conspirativas. Estos tópicos ideológicos se utilizaron como parte de la propaganda gubernamental, pero —en un fenómeno que el estudioso de las relaciones internacionales Jack Snyder ha denominado «efecto rebote»— Putin y sus allegados llegaron a creerlos. Esto produjo la consolidación ideológica necesaria para llevar a cabo acciones tan audaces como la anexión de Crimea y la participación encubierta de Rusia en la guerra del Donbás. Los acontecimientos de 2014 encaminaron a Rusia hacia una trayectoria completamente nueva, que finalmente condujo a la invasión de 2022, la desvinculación económica de Occidente y una transformación interna multifacética. En ambos puntos de inflexión —2014 y 2022— los factores ideológicos fueron decisivos. En efecto, si bien no nos adherimos plenamente a la explicación schumpeteriana, ciertos elementos de la misma resultan acertados: el imperialismo ruso desde 2014 ha sido contraproducente, en gran medida irracional y arraigado en los mitos históricos del imperio. Pero fue la experiencia moderna de acumulación primitiva, así como acontecimientos recientes como la Primavera Árabe, lo que permitió la consolidación ideológica del régimen de Putin.
Rusia, entre otros
Existe, por supuesto, una tercera explicación posible, ni leninista ni schumpeteriana, sino «realista ofensivo», cuyo defensor más (in)conocido es el experto en relaciones internacionales John Mearsheimer. Según esta perspectiva, el expansionismo ruso no es producto de acontecimientos internos (económicos o ideológicos), sino una respuesta a la presión externa: una reacción totalmente predecible que no depende de factores internos. Casualmente, esta es la opinión del propio Putin. En una entrevista con Tucker Carlson, describió la política estadounidense hacia Rusia desde 1991 como «presión, presión, presión». ¿Qué podemos concluir de este argumento?
Es innegable que las tensiones entre Rusia y Estados Unidos no son enteramente responsabilidad de Rusia. En 2002, por ejemplo, Estados Unidos se retiró unilateralmente del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, obligando a Rusia a desarrollar nuevas armas capaces de superar las defensas antimisiles para mantener el equilibrio nuclear. La retirada estadounidense del tratado tuvo profundas consecuencias estratégicas; además, coincidió con un período de acercamiento entre Rusia y Estados Unidos. En 2019, Bryce Farabaugh y Deverrick Holmes, del Centro para el Control de Armas y la No Proliferación, afirmaron: «En retrospectiva, el abandono del tratado hace 17 años puede considerarse el primer paso en el desmoronamiento del sistema de control de armas y de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, un proceso que continúa hasta el día de hoy».
En el ámbito de la estabilidad estratégica, al igual que en otros, la política general de Estados Unidos hacia Rusia difícilmente puede describirse como una mera presión. Estados Unidos y la Rusia de Putin negociaron con éxito dos tratados nucleares: el Tratado de Reducción de la Capacidad Ofensiva Estratégica (2003) y el Nuevo Tratado START (2011). Además, Estados Unidos canceló la parte del plan europeo de defensa antimisiles que, en teoría, podría haber socavado el equilibrio nuclear al reducir la capacidad de ataque ofensivo de Rusia. En efecto, Estados Unidos —al igual que Rusia, hasta cierto punto— demostró ser capaz de negociar y hacer concesiones.
La espinosa cuestión de la expansión de la OTAN hacia el este, que ha llevado a numerosos autores a escribir sobre ella hasta tal punto que la mancha es visible desde el espacio, también debe analizarse sin recurrir a narrativas simplistas. Es cierto que ningún gobierno ruso, no solo el de Putin, habría estado contento con la ampliación de la OTAN, sobre todo porque las posibilidades de que Rusia se uniera a la OTAN siempre han sido prácticamente nulas. Sin embargo, es necesario considerar tanto las declaraciones públicas como los acontecimientos reales sobre el terreno. En cuanto a las declaraciones públicas, la OTAN no declaró a Rusia adversaria hasta abril de 2014, tras la anexión de Crimea. En cuanto a los acontecimientos sobre el terreno, la OTAN no desplegó tropas de forma permanente en sus nuevos miembros orientales hasta 2017, de nuevo, solo después de la agresión rusa contra Ucrania. Además, las nuevas tropas ascendían a tan solo 4.500 soldados. Y mientras la OTAN se expandía hacia el este, Estados Unidos retiraba progresivamente sus tropas de Europa y los ejércitos europeos se reducían. Desde que Rusia inició su programa de rearme a finales de la década de 2000, el equilibrio militar convencional mejoró a favor de Rusia a pesar de la expansión de la OTAN hacia el este. Esta tendencia no se revirtió hasta que Putin invadió Ucrania en 2022, pero la OTAN difícilmente tiene la culpa. [5]
En resumen, los acontecimientos en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia no pueden explicar por sí solos las políticas imperialistas rusas. Para el Kremlin, sin embargo, se han convertido en parte de una construcción ideológica específica, según la cual la hostilidad occidental perenne hacia Rusia ha resurgido en la determinación estadounidense (o «anglosajona») de aplastar y desmantelar Rusia utilizando a Ucrania como ariete. En la acertada formulación de Vladislav Zubok, «los mitos rusos no son solo un cúmulo de mentiras y engaños. Un mito es una poderosa síntesis de acontecimientos reales, aunque sesgada. Los mitos de Putin, como todos los mitos, contienen fragmentos de verdad envueltos en interpretaciones deliberadas y profecías autocumplidas». La clave del enigma del imperialismo ruso, particularmente después de 2014, reside en el funcionamiento interno del mito, si bien los acontecimientos materiales ciertamente desempeñan un papel cuando interactúan con la mitología del Kremlin.
Estabilidad y cambio
En su contundente análisis de las causas de la Primera Guerra Mundial, Christopher Clark escribió sobre la decisión de Austria de emitir un ultimátum a Serbia el 23 de julio de 1914: «Decisiones de este tipo pueden adquirir una dimensión existencial, ya que prometen reinventar la entidad decisoria, transformándola en algo que no era antes». De manera similar, la fatídica decisión de Putin de invadir Ucrania el 24 de febrero de 2022 transformó a Rusia.
Tres años después del inicio de la guerra, la economía rusa se encuentra en pie de guerra: el gasto militar en 2024 se estima en 149 mil millones de dólares, lo que representa el 7,1% del PIB. Contra todo pronóstico, el desacoplamiento económico de Rusia respecto a Occidente resultó factible. Si bien el comercio con la UE y EE. UU. se desplomó, el comercio con China, India y otras grandes economías en desarrollo se disparó. El desempleo es el más bajo en la historia de la Rusia postsoviética; de hecho, existe una escasez generalizada de mano de obra que ejerce presión al alza sobre los salarios. Al mismo tiempo, toda expresión de disidencia imaginable está ahora criminalizada, y el aparato represivo del régimen opera con una constancia monótona, multando y encarcelando a personas por delitos como arrancar carteles de propaganda o criticar la guerra en conversaciones privadas denunciadas a la policía. Además, la ideología rusa del nacionalismo imperial se sustenta en una agenda ultraconservadora, que incluye la prohibición total de cualquier tipo de tratamiento de afirmación de género, así como cualquier mención pública de las preocupaciones LGBTQ+. Si bien no son completamente nuevas, todas estas tendencias se materializaron recién después del 24 de febrero de 2022.
Los acontecimientos en Rusia insinúan algo duradero: no solo una emergencia bélica, sino la base de un nuevo sistema político, económico y social. Con el paso del tiempo, los cambios han cobrado impulso propio y podrían volverse irreversibles. Cuanto más se adaptan los oligarcas a vivir ostentosamente en Dubái en lugar de Londres y a comerciar con Asia en vez de Europa, menos incentivos tienen para revertir las políticas antioccidentales del Kremlin. Y si bien la gente común aún no ha interiorizado por completo la ideología imperialista del Kremlin, se están sentando las bases para adoctrinar a una nueva generación de jóvenes rusos mediante cambios radicales en el sistema educativo. Cientos de miles de personas con mayor compromiso político y espíritu opositor han abandonado el país; ya no representan un problema para el régimen. Y aquellos miembros de la oposición que no se han marchado son impotentes ante el vasto aparato represivo del régimen.
Sin embargo, la inestabilidad se vislumbra bajo la superficie. La economía sufre una inflación persistente. Solo los sectores relacionados con la guerra muestran crecimiento; las industrias civiles están estancadas o en declive. El gasto militar, al menos tres veces superior al de antes de la guerra, ejerce una enorme presión sobre las finanzas públicas. La revuelta de Yevgeny Prigozhin en junio de 2023 también puso de manifiesto la fragilidad del modelo de gobierno en la sombra de Putin: lejos de ser un monolito perfecto, el sistema estatal ruso está plagado de lealtades corporativas, regionales y personales. En condiciones de fuerte turbulencia política o económica, es inevitable que surjan fisuras. No queremos especular sobre el futuro de Rusia, pero tampoco creemos que esté predeterminado.
El imperialismo y el pueblo ruso
Entre 2022 y 2024, el Laboratorio de Sociología Pública —un colectivo de investigación que incluye a uno de los autores de este libro— recopiló cientos de entrevistas con ciudadanos rusos comunes para reconstruir la actitud de la sociedad rusa hacia la guerra. Al hablar de los «nuevos territorios» de Rusia —es decir, las partes de Ucrania ocupadas y anexionadas por Rusia—, uno de los entrevistados señaló: «No soy ciudadano de estos territorios, no puedo considerarlos mi gente; no lo son. No son mis parientes, no son de mi sangre, no son mi gente». Otro entrevistado, al ser preguntado sobre el servicio militar obligatorio, respondió: «¿Así que ellos [la población de las «repúblicas populares» del Donbás] vendrán aquí y yo iré a luchar en su lugar? No necesito eso». Y una enfermera de un pequeño pueblo de los Urales dijo: «Los ucranianos somos un pueblo aparte. ¿Por qué estamos luchando?».
Los hallazgos dejan claro que el Kremlin ha superado con creces a la mayoría de la sociedad rusa en su radicalización imperialista-nacionalista. La idea, expresada en el artículo de Putin de 2021, de que rusos y ucranianos son «un solo pueblo», aún no está muy extendida en la sociedad rusa, y los «nuevos territorios» —con la excepción de Crimea— no son considerados por la mayoría como parte de Rusia. Por supuesto, también persisten posturas nacionalistas e imperialistas. Para un entrevistado, la guerra equivalía a «limpiar nuestra provincia rebelde, que por alguna razón se cree un estado aparte». Sin embargo, estas opiniones son minoritarias. La mayoría de los rusos se muestran cínicos ante la retórica oficial del Kremlin y a menudo ven la guerra como un conflicto geopolítico en el que ninguna de las partes puede arrogarse la superioridad moral. Esta lógica, sin embargo, no excluye una aceptación pasiva de la guerra, que muchos han llegado a considerar inevitable. Es más, una parte significativa de la población apoya la guerra independientemente de los motivos de Rusia. Uno de los encuestados resumió esta postura: “Es extraño estar del otro lado [a favor de Ucrania]. Bueno, porque estás de este lado. Ahí es donde mueren tus familiares”.
A corto plazo, el Kremlin ha aceptado el cinismo y la pasividad del pueblo ruso. De hecho, fueron precisamente estos factores los que permitieron a Putin afianzar su control sobre Rusia. El régimen de Putin gobierna mediante incentivos materiales, como elevadas recompensas para quienes se alistan en el ejército y severas penas para la disidencia. Sin embargo, a largo plazo, el proyecto del Kremlin para Rusia —al igual que su proyecto para Ucrania— es profundamente ideológico. Putin ahora considera que su misión es la «reeducación» del pueblo ruso en líneas conservadoras y nacionalistas; en esencia, la creación de una nueva sociedad. La vasta maquinaria del Estado ruso se está reorientando gradualmente para lograr este objetivo.
En Rusia existe oposición al imperialismo, que ha abarcado acciones que van desde pintar grafitis antibélicos hasta incendiar oficinas de reclutamiento. Sin embargo, hasta ahora, el Estado ha sido bastante eficaz para desorganizarla, aislarla y reprimirla. Los grupos de oposición organizados se han trasladado en su mayoría al extranjero y se encuentran sumidos en una profunda crisis. Cabe esperar que esta crisis en la oposición sea transformadora y no su último aliento.
Implicaciones globales
El resurgimiento del imperialismo ruso está reconfigurando el mapa geopolítico y geoeconómico mundial. Con su primer ataque a Ucrania en 2014, el Kremlin revirtió la desmilitarización europea posterior a 1989. Tras años de declive, el gasto militar de los miembros europeos de la OTAN aumentó de 235.000 millones de dólares en 2014 a 380.000 millones en 2024, alcanzando finalmente el objetivo del 2% del PIB largamente exigido por Estados Unidos. Durante el mismo período, el número de efectivos militares en el bloque europeo de la OTAN pasó de 1,8 millones a 2 millones. Además, Alemania acordó en 2024 el despliegue de misiles no nucleares de largo alcance estadounidenses en su territorio, y otros países europeos como Francia, Italia, Dinamarca, los Países Bajos, Finlandia y Polonia planean adquirir o desarrollar sus propias capacidades de ataque profundo. El sistema de misiles estadounidense más avanzado que se instalará en Alemania, el Arma Hipersónica de Largo Alcance (LRHW), tiene un alcance de más de tres mil kilómetros y puede alcanzar no solo Moscú, sino la mayor parte de la Rusia europea. La OTAN también está desarrollando nuevos corredores terrestres para trasladar rápidamente trescientos mil soldados a su flanco oriental en caso de un conflicto militar con Rusia. En resumen, desde un punto de vista geoestratégico, la nueva guerra fría entre Rusia y Occidente está en pleno apogeo. La diferencia evidente con la situación anterior a 1989 es que Rusia y sus aliados (es decir, Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte y, antes de la caída de Assad, Siria) representan solo el 3,5 % del PIB mundial en términos de paridad de poder adquisitivo, en comparación con el 10,5 % del bloque soviético. Además, la OTAN se encuentra ahora a las puertas de Rusia en Finlandia, Suecia y los estados bálticos.
Y luego está la cuestión de China. Algunos observadores, incluido el presidente francés Emmanuel Macron, han descrito a Rusia como un «estado vasallo» de China. Dudamos de esta afirmación. Con las opciones de comercio exterior de Rusia ahora severamente limitadas, China ciertamente tiene ventaja en algunas negociaciones, por ejemplo, en lo que respecta al gasoducto Fuerza de Siberia 2. Sin embargo, la relación general entre China y Rusia es de interdependencia, no de control y subordinación. Para China, que mantiene su propio conflicto latente con Occidente, permitir que Rusia se derrumbe significa enfrentarse sola al bloque político y económico más poderoso del mundo. Solo por esta razón, un cierto mínimo de apoyo económico y diplomático al Kremlin está prácticamente garantizado. Al mismo tiempo, un acercamiento excesivo a Rusia —por ejemplo, mediante una alianza militar formal— exacerbaría su propio conflicto con Estados Unidos, que China prefiere gestionar con cautela en lugar de intensificarlo imprudentemente. Estos cálculos determinan la política de China hacia Rusia, que incluye, por un lado, una intensa cooperación económica y la declaración de apoyo de Xi Jinping a Putin tras las elecciones presidenciales rusas de 2024, y, por otro lado, el cumplimiento parcial de las sanciones occidentales contra Rusia, especialmente en el ámbito financiero, y la evitación de cualquier compromiso de alianza militar. La gran incógnita, no abordada en este libro, es la probabilidad de un conflicto más amplio —quizás incluso una escalada militar— entre China y Estados Unidos. ¿Acaso factores estructurales, como el choque entre dos poderosos centros de acumulación de capital, hacen inevitable tal escenario? ¿O su posibilidad depende de la actuación de actores específicos? Lo que sí está claro es que la invasión rusa de Ucrania en 2022 es un factor relacionado con la actuación de actores que ejerce una presión adicional sobre las relaciones chino-estadounidenses.
Más allá de alterar la postura estratégica de las potencias mundiales, la invasión rusa de Ucrania reveló varias verdades geoeconómicas. En primer lugar, las sanciones occidentales, incluida la congelación de unos 300.000 millones de dólares de las reservas del banco central ruso, demostraron hasta qué punto las relaciones económicas podían instrumentalizarse en el contexto de una economía moderna e integrada globalmente. En segundo lugar, la respuesta de Rusia demostró que un importante exportador de materias primas puede, de hecho, sobrevivir a una rápida desvinculación de Occidente redirigiendo el comercio hacia países no occidentales y participando en la movilización económica convencional del capitalismo de Estado. Ambos hechos han sido, sin duda, observados por otras importantes economías semiperiféricas. Gita Gopinath, primera subdirectora gerente del FMI, afirmó recientemente que «los flujos comerciales y de inversión se están redirigiendo según líneas geopolíticas». La invasión rusa de Ucrania contribuyó a este proceso tanto directamente como al mostrar a otros países lo que era posible.
El ataque a Ucrania no solo costó cientos de miles de vidas, sembrando el caos y la devastación, sino que también impulsó una espiral de militarización y el bloqueo del sistema internacional. Por supuesto, el Kremlin por sí solo no podría haber logrado tal resultado; fue producto tanto de factores estructurales como de decisiones coyunturales de otros gobiernos. Sin embargo, la contribución de Rusia a esta situación es material y sustancial. La intensa competencia entre imperialismos rivales es ahora un hecho innegable que exige tanto reflexión académica como una respuesta práctica por parte de los movimientos progresistas e internacionalistas.
Nuestro punto de vista intelectual y político
Hemos escrito este libro desde la doble posición de investigadores y activistas internacionalistas contra la guerra. Las preguntas que planteamos —¿Cuál es la naturaleza del imperialismo ruso moderno? ¿Cuáles son sus fuerzas motrices? — están sin duda relacionadas con los debates académicos en relaciones internacionales y estudios rusos. Sin embargo, también son profundamente políticas. Nuestro interés en estas preguntas surge no solo de su lugar en el debate científico, sino también de su relevancia para nuestra convicción política personal. Es precisamente porque estamos comprometidos políticamente con estas cuestiones que queremos profundizar en nuestra comprensión del imperialismo ruso mediante la investigación empírica y la especulación teórica. Ciertamente tenemos una inclinación política, pero nuestro objetivo es separar la observación objetiva del juicio subjetivo, según el aforismo de Weber. Al realizar la investigación para este libro, no teníamos respuestas preconcebidas. Nos dejamos guiar por la teoría y la evidencia empírica. Al mismo tiempo, creemos que nuestra postura política agudizó nuestro juicio académico.
En este libro, nos centramos en la evolución política, económica, social e ideológica de Rusia. Esto no se debe a que consideremos insignificantes los acontecimientos en otros países. Más bien, nuestro enfoque en Rusia está directamente relacionado con nuestra comprensión del imperialismo ruso como un fenómeno con causas internas propias, y no simplemente como una respuesta a las acciones de otros Estados y a los cambios en el sistema internacional, como lo plantea Mearsheimer. Al mismo tiempo, al analizar Rusia, prestamos especial atención a la incorporación de fuentes ucranianas, ya que creemos que ofrecen una perspectiva epistémica privilegiada sobre el imperialismo ruso. Como con otros elementos de nuestro enfoque, nuestro objetivo es lograr un mejor análisis y comprensión del tema elegido.
Basándonos en más de un siglo de pensamiento marxista, desde Lenin hasta David Harvey, comenzamos por exponer los fundamentos político-económicos del imperialismo ruso postsoviético. El capítulo 1 examina la tendencia del resurgente capital ruso hacia la expansión exterior en la década de 2000, las relaciones entre el Estado y el capital bajo el régimen de Putin y las raíces económicas de los impulsos imperialistas emergentes.
Notas
[1] Salvo indicación contraria, todas las traducciones son nuestras.
[2] Estos temas están cubiertos por multitud de fuentes y se analizan a lo largo de este libro. El análisis más exhaustivo de las relaciones ruso-ucranianas en el período postsoviético se encuentra en D’Anieri 2019.
[3] En Sagramoso 2020 se puede encontrar un análisis sistemático de los elementos coercitivos de la política exterior rusa en el espacio postsoviético.
[4] Esto se hace eco de la idea de Weber de que el imperialismo refleja la búsqueda de «la gloria del poder sobre otras comunidades», característica de las élites políticas (señores feudales, funcionarios modernos y burócratas) (Weber 1978, 911). Al mismo tiempo, a diferencia de Schumpeter, Weber no se adhirió a la tesis del comercio doux: no contrapuso el desarrollo capitalista a la expansión imperialista.
[5] Este análisis no pretende ser una crítica a la OTAN en sí misma, sino una caracterización de su política hacia Rusia. Por ejemplo, la reiterada afirmación de la OTAN de ser una «alianza defensiva» resulta cuestionable, dadas sus operaciones ofensivas en los antiguos estados yugoslavos, Afganistán y Libia. Sin embargo, la postura estratégica de la OTAN posterior a 1991 no representaba una amenaza para Rusia. Como señala el informe de RAND sobre el teatro de operaciones europeo de la OTAN, «las fuerzas armadas de la OTAN se han reestructurado para centrarse en operaciones de estabilización y en fuerzas más ligeras que pueden desplegarse con mayor facilidad fuera de la zona, en lugares como Afganistán». En otras palabras, la OTAN ha dejado de centrarse en una guerra convencional con Rusia.
Ilya Matveev es un politólogo especializado en economía política rusa e internacional.
Ilya Budraitskis es un teórico político e historiador especializado en la historia intelectual rusa y la izquierda postsoviética.
La versión original en inglés de esta introducción fue publicada por primera vez por Stanford University Press. Esta traducción al español, a cargo de Carlos Abel Suárez, se publicó por primera vez en «Sin Permiso».
Más contenido de este blog
- ¿Por qué a la izquierda le gusta Putin?Entrevista con Ilya Budraitskis e Ilya Matveev – 25 de septiembre de 2026
- Aleksandr Dugin o la democracia como civilización satánica, por Kavita Krishnan – 5 de diciembre de 2024
- La votación que desordenó el tablero electoral en Bolivia, por Huáscar Salazar Lohman – 28 de agosto de 2025
- El cuerpo masculino palestino entre el patriarcado y el colonialismo, por Ward – 20 de febrero de 2026
- «Un Estado que masacra a su propio pueblo no puede ser una fuerza de liberación para otros». Una conversación con Collectif Roja y Leila Hossein Zadeh – 18 de febrero de 2026
Salvo que se indique lo contrario, los textos originales y las traducciones producidos por el Left Renewal Blog Collective se publican bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0. El material republicado y traducido sigue sujeto a la licencia y a las condiciones de su publicación original.