La recolonización de Venezuela
En la madrugada del 3 de enero de 2026, mientras los aviones, helicópteros y tropas de élite estadounidenses desarrollaban la operación que culminó con la captura y traslado de Nicolás Maduro a Nueva York, todo el mundo se preguntaba dónde estaba la vicepresidenta del país. Los rumores que invadieron las redes sociales indicaban que se encontraba en Rusia, información que fue desmentida por el Kremlin. Fue solo horas después de la salida de las fuerzas estadounidenses cuando Delcy Rodríguez reapareció exigiendo una prueba de vida del presidente Maduro. En Venezuela, el sabor a una derrota militar catastrófica generaba el interrogante respecto a si la traición interna había sido el elemento que permitió a los Estados Unidos actuar con casi absoluta impunidad.
El mismo día de la intervención, el presidente Donald Trump anunció que Estados Unidos gobernaría a partir de ese momento en Venezuela y que estaban en conversaciones con las autoridades venezolanas, quienes se habían comprometido a colaborar y no cometer los mismos errores de Maduro. Contrario a lo que había ocurrido en abril de 2002, cuando los sectores populares y la clase media trabajadora salieron a protestar de manera masiva contra el golpe de Estado y pedir el retorno de Chávez al poder, en esta ocasión las calles permanecieron vacías. Solo ocurrió una movilización poco combativa y reducida, convocada y administrada desde el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
El 5 de enero, la vicepresidenta fue juramentada como presidenta encargada, mediante una figura extraconstitucional definida por el Tribunal Supremo de Justicia como un hecho de fuerza mayor. El 26 de febrero, Delcy Rodríguez afirmaba que Donald Trump era amigo y socio del país, al tiempo que pedía retirar las sanciones para acelerar la agenda bilateral de cooperación. De la retórica antiimperialista se pasó, en solo dos meses, a discursos que buscan superar veinticinco años de distanciamiento entre Washington y Caracas.
Un primer balance de la diplomacia trumpista evidencia que Estados Unidos pareciera controlar todas las opciones de poder actual en Venezuela: la postmadurista representada por Delcy Rodríguez, la de la derechista María Corina Machado y la del centrista Enrique Márquez. En todo caso, la presidenta encargada de Venezuela, hasta hace unos meses mano derecha de Maduro, se comporta como la operadora local de la Estrategia de Seguridad Nacional y el Corolario Trump. Esta nueva situación de poder se puede analizar desde las principales dinámicas internas que ha experimentado Venezuela con la Revolución Bolivariana hasta la transición entre chavismo y madurismo, que es la continuación de un modelo rentista bajo la égida de una nueva burguesía, lo que explica una vulnerabilidad de Venezuela ante el imperialismo estadounidense y el propio faccionalismo dentro del gobierno y las élites.
Después de doce años de madurismo, el sentimiento de esperanza por algo mejor parece ser superior al antiimperialista. El justo llamado de la izquierda revolucionaria a conformar un amplio frente antiimperialista no consiguió el eco esperado. Es una hora menguada para la soberanía del país. Aunque el futuro es incierto, está claro que la intervención estadounidense y la capitulación del gobierno venezolano marcan el fin de la Revolución Bolivariana.
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Luis Bonilla-Molina es académico venezolano, profesor visitante en la Universidade Federal do ABC, en Sao Paulo, Brasil. Durante el gobierno de Hugo Chávez fue presidente del Centro Internacional Miranda, viceministro de Educación Universitaria y fundador del Centro Internacional de Investigación Otras Voces en Educación. Ha sido presidente del Consejo de Gobierno del Instituto de Educación Superior para América Latina y el Caribe (IESALC) de la UNESCO. Sus investigaciones abarcan los temas de educación y procesos pedagógicos, tanto como de política venezolana y su relación con América Latina y Estados Unidos.
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