La guerra en Sudán dista mucho de ser una lucha binaria; se trata de un conflicto en el que una red de intereses y tensiones locales, regionales y globales ha convergido en una única y devastadora catástrofe. Lo que los observadores describieron inicialmente como una «guerra entre dos generales» o una lucha interna entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), de carácter paramilitar, ha resultado ser solo la capa superficial de una realidad mucho más compleja y cambiante.
Un conflicto multidimensional
Las interpretaciones iniciales sobre los orígenes de la guerra la enmarcaban bien como un intento desesperado de la vieja guardia islamista de la era Bashir por recuperar el poder, bien como un golpe preventivo de las RSF para hacerse con el control del Estado. Sin embargo, el conflicto reveló rápidamente una dimensión subimperial. El importante apoyo de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) a las RSF se considera cada vez más como un proyecto estratégico emiratí destinado a asegurar la hegemonía sobre los recursos de Sudán y a moldear su futuro político. Por el contrario, los partidarios de la RSF y los Emiratos Árabes Unidos señalan a Egipto como el principal artífice detrás de las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF), argumentando que El Cairo está decidido a instalar a un gobernante alineado con el ejército para impedir una transición democrática que pudiera desestabilizar las autocracias regionales.
A pesar de estas narrativas contrapuestas, un hilo conductor único y contrarrevolucionario las une. En esencia, esta guerra sirve como mecanismo para desmantelar las aspiraciones democráticas del pueblo sudanés, aspiraciones que se encendieron durante la revolución de diciembre de 2018 y que condujeron al derrocamiento de la dictadura de tres décadas de Omar al-Bashir en abril de 2019.
La divergencia entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos: de la alianza a la rivalidad
Aunque al principio pocos describieron esto como una guerra por poder entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, la brecha entre estas dos potencias del Golfo se ha convertido en una de las características geopolíticas centrales del conflicto. Durante un largo periodo, los recursos de los Emiratos Árabes Unidos y su determinación de respaldar a las RSF no tuvieron rival, incluso cuando las RSF cometían atrocidades sistemáticas y bien documentadas en todas las zonas que ocupaban. Durante esta fase, parecía claro que Sudán no tenía la misma prioridad en la agenda de Riad que en la de Abu Dabi.
Esta dinámica cambió cuando el grupo Quad, formado por Estados Unidos, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto, demostró estar demasiado dividido para funcionar poco después de su formación en septiembre de 2025. Arabia Saudí comenzó a ver el ascenso de las RSF desde la perspectiva de la seguridad nacional. La perspectiva de que una milicia alineada con los Emiratos Árabes Unidos gobierne un país situado a solo 290 km (180 millas) al otro lado del mar Rojo desde Yeda se considera ahora en Riad como una amenaza directa para su estabilidad interna y para el orden regional que prevé en la cuenca del mar Rojo.
Fractura geopolítica: dos visiones estratégicas
Esta divergencia refleja las tensiones más amplias entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos que han salido a la luz en los últimos años en múltiples ámbitos, desde Yemen hasta la política petrolera dentro de la OPEP+. Se considera que las dos potencias del Golfo persiguen cada vez más visiones estratégicas distintas. Arabia Saudí, bajo el mando del príncipe heredero Mohammed bin Salman (MBS), ha dado prioridad a la estabilidad regional para crear un entorno propicio para la transformación económica prevista en la Visión 2030. Por el contrario, los Emiratos Árabes Unidos han seguido una política exterior más activista y basada en redes. Este enfoque suele implicar trabajar a través de actores armados no estatales, incluidas milicias como las RSF, para asegurarse influencia estratégica sobre puertos, territorio y minas de oro en toda África.
Además, Riad considera cada vez más la guerra genocida de Israel en Gaza y sus agresiones regionales más amplias como una amenaza para la estabilidad general de la región. Este cambio ha llevado a Arabia Saudí a reconsiderar sus relaciones regionales y a ver con creciente recelo el estrechamiento de los lazos de los EAU con Israel. Desde la perspectiva de Riad, esta asociación representa ahora un eje potencialmente desestabilizador que afecta a la seguridad del Mar Rojo y complica su delicado proceso de distensión con Irán.
Nuevas perspectivas: drones y campos de entrenamiento
Dos recientes reportajes de investigación publicados por The New York Times y Reuters han aportado pruebas concretas que sacan a la luz estas intervenciones internacionales:
El papel operativo directo de Egipto: El reportaje de The New York Times indica que Egipto ha estado operando drones de combate de fabricación turca desde una base aérea secreta situada en su desierto occidental, cerca de la frontera con Sudán, lo que supone un claro cambio del apoyo político y logístico a la intervención militar directa en la guerra de Sudán. Esta escalada sugiere que El Cairo considera los avances territoriales de las RSF como una «línea roja» estratégica, especialmente en relación con la seguridad del agua del Nilo y la estabilidad fronteriza. Esa línea roja parece haberse cruzado cuando las RSF tomaron el control del triángulo fronterizo estratégico que une Egipto, Libia y Sudán, y posteriormente ocuparon El-Fasher, consolidando su dominio en gran parte de la región de Darfur.
Etiopía como nueva frontera: El informe de Reuters revela que Etiopía ha establecido un campo de entrenamiento secreto cerca de la frontera con Sudán para preparar a miles de combatientes de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Según el informe, los Emiratos Árabes Unidos financiaron las instalaciones y proporcionaron instructores y apoyo logístico. Este cambio de Etiopía, que pasa del respaldo político y logístico a la implicación militar directa, supone una escalada preocupante. Tal medida corre el riesgo de ampliar el conflicto y desestabilizar una región ya de por sí frágil. Al exacerbar las tensiones con Tigray y Eritrea y aumentar el riesgo de enfrentamiento entre Etiopía y tanto Sudán como Egipto, amenaza con convertir la guerra de Sudán en un catalizador de crisis regionales más amplias.
La cruda consecuencia: una guerra internacionalizada
La consecuencia para Sudán es una guerra cada vez más enquistada e internacionalizada. A medida que los actores externos intensifican su implicación, las perspectivas de una solución política puramente sudanesa se desvanecen, dejando el destino de la nación a merced de compensaciones y compromisos geopolíticos que poco tienen que ver con el propio Sudán. Esta «externalización» de la crisis suele basarse en acuerdos con las élites sudanesas, que no representan las aspiraciones del pueblo. Este camino margina a los ciudadanos sudaneses, los verdaderos dueños del Estado y las principales víctimas de la violencia, y amenaza con relegar a un recuerdo cada vez más lejano las consignas revolucionarias de 2018: «Libertad, paz y justicia».
Husam Mahjoub es ingeniero de origen sudanés, residente en Austin, Texas (EE. UU.). Es cofundador de Sudan Bukra, un canal de televisión sudanés independiente sin ánimo de lucro.
El original en inglés de este artículo, así como esta traducción al español, realizada por Natalie Högström, se publicaron por primera vez en el blog Left Renewal.
More content from this blog
- Neofascistas marchan en Punta Cana exigiendo la expulsión de los haitianos, por Simón Rodríguez – 5 de mayo de 2025
- Generación Z se alza contra la corrupción en Nepal, por Benju Lwagun – 9 de septiembre de 2025
- El «antiimperialismo» de los idiotas, por Leila Al Shami – 14 de abril de 2018
- Breve cronología de la transfobia en la política mexicana, por Frezapatistas con Crema – 14 de septiembre de 2023
- Sobre el silenciamiento de las voces de Europa del Este en los eventos anarquistas de la UE – 6 de noviembre de 2025