La cultura popular enseñó a varias generaciones a admirar la resistencia al colonialismo; el nacionalismo convirtió la “primacía” en reclamos de propiedad exclusiva

Para muchos europeos, la palabra “indígena” evoca dos significados muy distintos. Uno refiere a comunidades lejanas, en parte ficticias y profundamente romantizadas, que defienden sus tierras de los colonizadores; una imagen adquirida a través de relatos de aventuras de la literatura popular, novelas, películas e historietas europeas y estadounidenses. El otro significado es mucho más cercano a su realidad: reclamos nacionalistas de ser “autóctonos”, supuestos descendientes de los habitantes “originales” cuya sangre está ligada al suelo de su país, acompañados de argumentos de que los “otros” (por lo general, pueblos vecinos o migrantes recientes) llegaron después y, por ende, tienen menos derechos sobre el mismo territorio. Los Balcanes son un ejemplo especialmente contundente de cómo estas ideas pueden coexistir y ser objeto de abusos, aunque no constituyen una excepción exclusiva de tal región.
Una distinción importante suele perderse con facilidad en la traducción. En el uso internacional de los derechos humanos, los pueblos indígenas no son simplemente aquellos que pueden demostrar que sus antepasados llegaron primero. No existe una definición universal única, pero el concepto abarca autoidentificación, continuidad histórica con sociedades precoloniales, instituciones culturales o políticas diferenciadas, un vínculo estrecho con la tierra y experiencias de conquista o marginación.
Según explican los científicos sociales Maykel Verkuyten y Jochem Thijs de la Universidad de Utrecht, la autoctonía y el nativismo político funcionan de manera distinta: dividen a los habitantes en una población “anfitriona” natural y “huéspedes” condicionales. La creencia en la autoctonía —que un país pertenece a sus primeros habitantes— “puede ser una razón aceptable para exigir la propiedad colectiva de un territorio, y este reclamo puede tener consecuencias negativas para los recién llegados”, explicaron. “Los niños podrían razonar que un lugar pertenece a su grupo porque ‘nosotros’ llegamos primero y, por lo tanto, desarrollar actitudes negativas hacia otros grupos”.
Un ejemplo clave de cómo la cultura popular moldea la percepción en este ámbito es el caso de los nativos o indios norteamericanos.
Una versión europea del Lejano Oeste
Mucho antes de la televisión por cable e internet, los europeos ya habían construido su propio Oeste norteamericano, en parte gracias a las novelas de Karl May (1842-1912), que leían adultos y niños, que se convirtieron en un elemento infaltable en las bibliotecas familiares en Alemania y Austria, y en toda Europa, incluida Yugoslavia. May no había visitado el Oeste americano antes de escribir sus historias más famosas; y aun así, su héroe apache Winnetou moldeó las ideas sobre los nativos norteamericanos durante generaciones. Por ejemplo, en Macedonia del Norte muchas mujeres que nacieron en la década de 1970 se llaman Vineta en su honor.
Las adaptaciones cinematográficas basadas en la coproducción de varios países europeos, así como festivales y parques temáticos, ayudaron a mantener vivo este mundo imaginario, tal como se retrata en el siguiente video que acompaña al artículo de The New York Times “Perdidos en la traducción: La fascinación de Alemania por el Viejo Oeste norteamericano”:
Las representaciones de los nativos norteamericanos creadas por Hollywood no respondían a una fórmula única e inmutable. Muchas de las primeras películas del Oeste retrataban a los pueblos indígenas como anónimos “salvajes indios despiadados” (expresión extraída de la Declaración de Independencia de Estados Unidos), al punto de llegar a la caricatura. Películas posteriores los presentaron como víctimas de la conquista o como grupos étnicos y personas reconocibles con virtudes, defectos e intereses contrapuestos. Películas como Un hombre llamado Caballo, Pequeño gran hombre, Soldado azul y Las aventuras de Jeremiah Johnson son un ejemplo de este cambio en la década de 1970. Para la década de 1990, Danza con lobos y El último mohicano reflejaron la llegada de esta visión empática al público masivo, aun cuando la figura del “buen salvaje” terminó convirtiéndose en otro estereotipo.
Las historietas del Oeste europeas, incluidas obras maestras como la francesa Blueberry o la belga Comanche, siguieron trayectorias similares y, al igual que los antaño populares spaghetti westerns, los cómics del Oeste italianos tuvieron una evolución muy parecida. Series como Tex, Zagor, Historia del Oeste y Ken Parker se nutrieron del cine al tiempo que desarrollaban personajes indígenas diversos. Aunque continuaban siendo fantasías europeas, la mejora en las tramas convirtió a los pueblos originarios en actores de la historia, en contraposición a ser un simple telón de fondo o un enemigo único y sin rostro. En Yugoslavia, donde los cómics italianos tenían una enorme base de lectores, su lenguaje moral se volvió familiar para varias generaciones.

Anticolonialismo local
Los lectores yugoslavos no se limitaban a consumir aventuras traducidas. Dado que las importaciones de Occidente no bastaban para saciar el apetito por las historietas, la producción local se desarrolló en el período entre las dos guerras mundiales y continuó durante la era de la Yugoslavia socialista.
Por ejemplo, el dibujante Andrija Maurović (1901-1980) creó una amplia gama de cómics de aventuras y del Oeste de gran factura visual. A partir de 1978, la editorial Dnevnik de Novi Sad encargó a guionistas y dibujantes locales la creación de episodios con licencia de El gran Blek, conocidos popularmente como Yu Blek. Asimismo, las editoriales Forum y Marketprint produjeron cómics de Tarzán entre 1983 y 1990, que se incorporaron a la franquicia global. Se trataba de una historieta comercial, distribuida en un país que se enorgullecía de haber sido cofundador del Movimiento de Países No Alineados y que celebraba públicamente su solidaridad con las luchas anticoloniales. Las giras de Tito por África y Asia proyectaban mensajes de paz y alianza con los Estados recientemente independizados. En este contexto, las historias sobre la resistencia a la conquista resonaban con la narrativa fundacional yugoslava de antifascismo partisano, liberación y coexistencia:
Esto hace que la década de 1990 resulte especialmente incómoda de recordar. Muchos que adoptaron o facilitaron las políticas nacionalistas se habían criado bajo los valores de “hermandad y unidad”, la solidaridad anticolonial y los héroes populares que protegían a los oprimidos, lo que demuestra que la infusión de los derechos humanos en la cultura popular no constituye una vacuna contra el fanatismo.
El discurso anticolonial perdura en la política nacionalista contemporánea, aunque a menudo de forma selectiva. Los crímenes coloniales de Occidente se invocan para retratar a “Occidente” como intrínsecamente ilegítimo y para responder a las críticas contra Rusia apelando al whataboutism (la falacia del “y tú más”), mientras que la conquista rusa a lo largo de Asia central, el Cáucaso y Siberia —y, más tarde, la rusificación de los pueblos asiáticos y europeos— queda fuera del encuadre.
Vojislav Šešelj, criminal de guerra condenado, ofrece un elocuente ejemplo serbio: tras describir a Estados Unidos como un Estado construido mediante la destrucción de su población nativa, instó a los serbios estadounidenses a votar por Donald Trump, en gran medida por la postura de este respecto a Rusia. El servicio de verificación de hechos Istinomer documentó luego la amplia mitología que los medios serbios construyeron en torno a Trump.
Variaciones de estas narrativas también están presentes en otros países de los Balcanes, contraste que se volvió más marcado tras la propia retórica expansionista de Trump respecto a Groenlandia y el canal de Panamá. Cuando la violencia colonial solo importa si la comete un adversario geopolítico, el anticolonialismo se convierte en una coartada en lugar de un principio.
Autóctonos en casa
Desde el proceso de construcción estatal del siglo XIX hasta la desintegración de Yugoslavia, las historias nacionales en pugna buscaron raíces cada vez más profundas. “Autóctono” se convirtió en un elogio, mientras que “recién llegado” o “huésped” pasó a ser una acusación. Los reclamos de quién llegó primero no causaron la violencia de manera mecánica, pero sirvieron para cubrir moralmente la asimilación, la expulsión y la limpieza étnica: si a los vecinos se los consideraba intrusos temporales, su expulsión podía presentarse como una restitución antes que como una injusticia. Las investigaciones sobre la formación de los Estados posotomanos demuestran cómo el desplazamiento, la redistribución de tierras y la homogeneización nacional estuvieron entrelazados desde fines del siglo XIX.
A partir de ese momento, los nacionalistas balcánicos tradujeron reiteradamente los relatos de continuidad en “derechos históricos”. Como herederas de entidades políticas antiguas o medievales, las naciones modernas supuestamente tenían derechos prioritarios sobre sus territorios. La Grecia moderna fue un ejemplo temprano, mientras que las historiografías rivales posteriores vincularon a serbios y búlgaros con imperios medievales, a los rumanos con la continuidad daco-romana y a los albaneses con la ascendencia iliria. La reciente “antigüización” afirmó la continuidad de los macedonios étnicos modernos con el reino de Alejandro Magno.
Sin embargo, los mapas de derecho histórico raras veces coincidían con las poblaciones mixtas que habitaban el territorio. La asimilación forzada, la migración forzada, el intercambio de poblaciones o la limpieza étnica fueron instrumentos fundamentales en construir los Estados-nación balcánicos desde la independencia de Grecia hasta las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, y resurgieron más tarde durante las guerras yugoslavas (1991-2001). El vocabulario resurgió tras un incidente internacional en 2014, cuando un dron desplegó una pancarta que llevaba literalmente la palabra en inglés autochthonous (autóctono) sobre un mapa de la “Gran Albania” durante un partido de fútbol para la Eurocopa entre Serbia y Albania en Belgrado.
La investigación genética ha aportado a estas narrativas un vocabulario nuevo y aparentemente científico. Descubrimientos legítimos sobre el linaje —o estimaciones comerciales presentadas como ciencia— se interpretan de forma selectiva como prueba de que una nación moderna desciende directamente de una población antigua. Por ejemplo, la difusión en línea de las afirmaciones de teorías conspirativas pseudohistóricas que vinculan directamente a los serbios contemporáneos con la cultura prehistórica de la cultura Vinča —a los que califica como “el pueblo más antiguo de Europa”— contradice la evidencia científica sobre las migraciones eslavas.
Asignar a las etnias macedónicas y griegas porcentajes rivales de ascendencia genética del “antiguo ADN macedonio” reduce historias complejas y compartidas a meros certificados de autenticidad. La incertidumbre científica y siglos de mestizaje desaparecen; luego, se utilizan cifras seleccionadas para tildar a los vecinos de menos autóctonos, extranjeros o incluso racialmente inferiores. La genética de poblaciones puede arrojar luz sobre las migraciones y la ascendencia, pero no puede transformar culturas prehistóricas en naciones modernas ni decidir quién tiene mayores derechos sobre un territorio.
La movediza frontera entre “anfitrión” y “huésped”
Los Balcanes constituyen un caso dramático de cómo el odio justificado en el nativismo contribuyó a alimentar guerras reales, pero “justificaciones” similares surgieron en otros lugares. Los movimientos contra los migrantes en Francia, Gran Bretaña o Alemania no necesitan atribuirse la descendencia de los primeros habitantes para llegar a una conclusión semejante: los recién llegados tienen menos derechos que los “nativos”.
El término Gastarbeiter de la Alemania occidental, que significa “trabajador huésped”, plasmó esta contradicción. A partir de la década de 1960, se reclutó a trabajadores de los Balcanes y Turquía porque se les necesitaba, pero no se asumió que obtendrían la residencia permanente ni la ciudadanía por naturalización. Incluso sus hijos y nietos podían ser tratados como huéspedes, mientras que los migrantes anteriores o sus descendientes pasaban a formar parte del “nosotros” consolidado y rechazaban a quienes llegaban después.
Por lo tanto, la paradoja más profunda es europea, no exclusivamente balcánica. En las historias sobre el Oeste norteamericano, “haber llegado primero” suele identificar a un pueblo desposeído que merece protección. En la política nacionalista, esa misma idea puede ser invocada por un grupo dominante como una licencia para excluir.
La historia y el sentido de pertenencia a una tierra son importantes, pero no deberían convertirse en un escalafón de la valía humana ni en un título de propiedad para la dominación étnica. La verdadera prueba de humanidad comienza cuando las personas cuyos derechos están en juego no son figuras lejanas en una película o en un cómic, sino los vecinos actuales.
El original en inglés de este artículo apareció inicialmente en Global Voices. Esta traducción al español (por Juan Alejandro Acosta) apareció inicialmente en Global Voices en Español.
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