La extracción de esperma postmortem se ha convertido en política de Estado y una cuarta parte de todos los soldados varones fallecidos desde el 7 de octubre han pasado por este procedimiento. Pero, al crear una válvula de escape para las familias en duelo, solo perpetúa la guerra.
A principios de este año, Nitza Shmueli publicó en Facebook una petición inusual sobre su hijo fallecido. “Yo, la madre de Barel, busco una mujer que quiera concebir un hijo con el esperma de Barel, una mujer que quiera ganar una familia acogedora y cariñosa”, escribió. “Si crees que puedes ser la mujer adecuada, por favor, ponte en contacto conmigo por privado”.
Barel, un francotirador de 21 años perteneciente a una unidad encubierta de la Policía de Fronteras israelí, recibió un disparo de un tirador palestino el 21 de agosto de 2021, durante una protesta en la valla perimetral al este de la ciudad de Gaza. La manifestación, que conmemoraba el 52º aniversario de un incendio provocado en la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén, tenía como objetivo presionar a Israel para que levantara el asedio sobre Gaza y reunió a cientos de manifestantes.
En los vídeos grabados en el lugar de los hechos se ve a un palestino que corre hacia el muro de hormigón tras el que se encontraban Barel y otros francotiradores, saca un arma que llevaba escondida en la cintura y dispara tres tiros a quemarropa a través de un agujero en el muro. Barel recibió un impacto en la cabeza y falleció nueve días después tras pasar por múltiples operaciones quirúrgicas que intentaron salvarle la vida. Ese mismo día, las fuerzas israelíes hirieron a cuarenta palestinos, entre ellos Osama Khaled Ideij, de 32 años, y Omar Hasan Abu Al-Nil, de 12, quienes también acabaron muriendo por las heridas.
Tras la muerte de Barel, su madre obtuvo una autorización judicial para extraer y congelar su esperma en el Centro Médico Soroka de Beersheba. La recuperación postmortem de esperma (PMSR) permite que los hombres procreen cuando ya no están vivos: en las horas posteriores a la muerte, cuando el esperma aún es viable, se realiza una incisión en los testículos para extraer tejido del fallecido. A continuación, en un laboratorio, el tejido se examina bajo el microscopio para encontrar y congelar los espermatozoides aún vivos que puedan utilizarse para la fecundación in vitro.
En su comparecencia ante una comisión del Knesset en 2022, Shmueli declaró que 1.400 mujeres se habían puesto en contacto con ella para expresar su interés en tener un hijo de Barel. Sin embargo, tardó cuatro años en recibir permiso para utilizar el esperma congelado de Barel con el fin de concebir un hijo, después de que un tribunal de familia de Tel Aviv aprobara su solicitud el año pasado.
Esto no fue solo el resultado de una batalla de años en los juzgados, sino una muestra de cómo se ha transformado el panorama médico y jurídico tras los atentados del 7 de octubre y la posterior guerra genocida de Israel contra Gaza.
Antes de octubre de 2023, la PMSR era una práctica poco habitual y controvertida desde el punto de vista ético en la sociedad israelí, con unas pocas solicitudes al año. Sin embargo, en los últimos tres años, la extracción de esperma de soldados israelíes fallecidos se ha institucionalizado y normalizado como un fenómeno nacional en auge.
En los días siguientes a los atentados del 7 de octubre, entre las diversas medidas de emergencia aprobadas por el Ministerio de Sanidad y el Ministerio de Justicia se encontraba una normativa temporal –que aún sigue vigente– que permite a los padres de los israelíes fallecidos en la guerra autorizar la extracción de esperma sin necesidad de aprobación judicial.
Para que se realice con éxito, la PMSR debe llevarse a cabo en las 72 horas siguientes al fallecimiento. Así pues, cuando los militares acuden a comunicar la noticia a las familias –lo que los israelíes llaman el temido “golpe en la puerta”–, los oficiales ahora sugieren de forma proactiva el procedimiento. A continuación, los padres deben decidir y actuar de inmediato. La socióloga israelí Yael Hashiloni-Dolev, profesora de la Universidad Ben-Gurión, describió la nueva lógica operativa a la revista +972 Magazine como “primero extraer, después hacer las preguntas legales”.
Ahora financiado por el Estado y supervisado por el Ministerio de Sanidad, la PMSR se lleva a cabo en los cuatro principales hospitales de Israel, donde también se congela y almacena el esperma. Según el doctor Eran Altman, director del banco de esperma del Centro Médico Rabin, a principios de este año se habían sometido a procedimientos de extracción póstuma de esperma unos 250 soldados y miembros de las fuerzas de seguridad israelíes –una cuarta parte de todos los soldados varones fallecidos desde el 7 de octubre–.
En declaraciones a NPR en enero, Altman explicó la rapidez con la que se adaptó el sistema. “El ejército se ha vuelto muy eficiente a la hora de traernos los cadáveres”, afirmó. “Siempre que es posible, los recibimos varias horas después del momento de la muerte”.
Junto a la rápida expansión de la PMSR, un nuevo término ha entrado en el discurso público israelí: “hatzalat zera” o “rescate de esperma”. Tal y como explicó el profesor Zvi Triger, especialista en Derecho del College of Management de Rishon LeZion: “La expresión refleja un cambio de perspectiva: el esperma de un soldado se trata como algo que debe ‘salvarse’, poniéndolo en un plano moral equiparable al de la vida humana o los bienes nacionales”.
Aún no está claro cuántas familias acabarán utilizando el esperma que han congelado para concebir hijos, ya que esto requiere una autorización judicial. Un grupo de padres afligidos, entre los que se encuentra Nitza Shmueli, lleva años haciendo campaña en la Knesset a favor de un proyecto de ley que permita a los padres de soldados fallecidos que no tenían pareja oficial utilizar el esperma extraído para la fecundación in vitro, proyecto que aún no se ha aprobado.
Pero en el contexto de la violencia obstétrica de Israel contra las mujeres y los bebés palestinos en la región, la PMSR como política estatal tiene una carga ideológica: forma parte de un proyecto estatal para promover la continuidad biológica judía por todos los medios, incluso más allá de la muerte, junto con esfuerzos genocidas paralelos por borrar la vida palestina.
La PMSR también pone de manifiesto cómo el Gobierno israelí instrumentaliza el duelo para mantener un conflicto permanente. Como explicó Hashiloni-Dolev, “en Israel, la PMSR se sitúa en algún punto del continuo entre la compensación y la venganza”.
“En los medios de comunicación israelíes, esta práctica suele presentarse de forma positiva, como ‘ayudar a las familias en duelo’ o ‘dar esperanza a las familias de los soldados caídos’”, continuó. Pero, al mismo tiempo, “en los debates de la Knesset sobre la normativa relativa a la PMSR tras el 7 de octubre, autorizar el procedimiento de uso del esperma se ha calificado como nekama [venganza] o tkuma [resurrección]”.
Daphna Hacker, profesora de Derecho y Estudios de Género en la Universidad de Tel Aviv, ve un claro interés político en promover la PMSR. “Esta es otra forma más de crear una válvula de escape y canalizar el duelo hacia una historia privada, en lugar de hacia una protesta pública contra el envío de hijos a la guerra”.
El pronatalismo como política estatal
El fenómeno de la PMSR se remonta a finales de los 70, cuando un urólogo de Los Ángeles llevó a cabo con éxito el primer procedimiento en un joven fallecido en un accidente de tráfico. Los hospitales israelíes comenzaron a realizar extracciones caso por caso en los 90, normalmente a petición de las parejas. Al no existir una legislación formal que regulase la práctica, estas solicitudes solían dirigirse directamente a los tribunales de familia o de distrito.
En 2003, el fiscal general publicó finalmente las primeras directrices sobre la PMSR, aunque no llegaron a plasmarse en leyes. Las directrices se referían únicamente a las parejas femeninas supervivientes, permitiéndoles utilizar el esperma de su pareja fallecida incluso sin una directiva escrita para realizar la PMSR, basándose en la “voluntad presupuesta” de que la pareja concibiera hijos a partir de su esperma.
Uno de los primeros grandes casos mediáticos con implicación de los padres fue el de Keivan Cohen, un soldado israelí fallecido en Gaza en 2002. Tras su muerte, su madre libró una larga batalla legal para poder utilizar su esperma para concebir un nieto, que nació 11 años después. El caso se convirtió en uno de los primeros litigios de Israel reconocidos a nivel nacional en materia de reproducción póstuma y contribuyó a sentar las bases jurídicas en las que se han basado después otras familias.
A día de hoy, Israel tiene uno de los enfoques más permisivos del mundo respecto a la reproducción póstuma con esperma de fallecidos. Países como Francia, Marruecos, Suecia, Alemania, Suiza, Eslovenia, Dinamarca y Hungría han prohibido totalmente esta práctica, mientras que otros, como Bélgica y Estados Unidos, suelen exigir, además de una autorización judicial, el consentimiento escrito o implícito del fallecido antes de que su pareja pueda solicitar el uso del esperma.
Algunos países que permiten la práctica también imponen un período de espera antes de que el esperma pueda utilizarse para una fecundación in vitro. Como explicó Shai Lavi, director del Instituto Van Leer de Jerusalén y codirector del Centro Minerva para el Estudio Interdisciplinario del Fin de la Vida, la razón que hay detrás es que una persona que acaba de perder a su pareja puede no estar “en las mejores condiciones para tomar una decisión tan trascendental, tras haber experimentado una pérdida significativa”.
Pero lo que más distingue a Israel es hasta qué punto la PMSR se ha imbricado directamente con la política estatal. El Gobierno no solo financia el procedimiento, sino que, en ocasiones, lo ha promovido activamente.
Un mes después del 7 de octubre, el Ministerio de Asuntos Exteriores publicó un emotivo vídeo animado sobre Shaylee Atary, cuyo marido murió defendiendo su kibutz durante los ataques. Para cuando se pudo extraer su esperma, ya era demasiado tarde. En la web del Gobierno hay todavía disponible información sobre el procedimiento y un formulario para solicitarlo.
“Este es un país muy pronatalista: en la sociedad israelí, no está bien visto no tener hijos”, explicó Hacker a +972. “La supervivencia de la nación es el motor dominante”.
La medida de emergencia adoptada tras el 7 de octubre fue aún más lejos y amplió el derecho a solicitar la extracción de esperma de las parejas supervivientes a los padres de los fallecidos. Los padres representan ahora el 77 % de todas las solicitudes. Ningún otro país concede a los padres ese papel y la medida va incluso en contra de los precedentes legales israelíes: en 2016 una sentencia judicial dictaminó que los padres no tenían legitimidad para intervenir en las decisiones sobre la extracción de esperma.
Desde entonces, la medida de emergencia se ha ido renovando mes tras mes, aunque sigue sin estar claro si al final se consolidará en la normativa ante la oposición de ciertas autoridades rabínicas.
“Ser abuelo es muy importante en la cultura israelí, que es muy familiar y tribal y glorifica la continuidad judía”, explicó Hacker. “Dado que, de media, vivimos más tiempo que antes, ahora se puede desempeñar el papel de abuelo durante 30 años. A estos padres se les arrebata esa experiencia cuando se les muere un hijo. Por eso es un consuelo para ellos que el hijo fallecido pueda darles un nieto. Y así no se preguntan públicamente para qué sirvió esa muerte ni luchan por el fin de estas guerras perpetuas, crueles e injustas”.
Pero, a pesar del amplio apoyo emocional y político que las familias en duelo reciben de la sociedad israelí, el permiso para extraer y congelar esperma no equivale al permiso para utilizarlo. Los tribunales israelíes aún deben aprobar su uso para concebir un hijo, lo que a menudo exige que la pareja o los padres demuestren que el fallecido quería tener hijos. Aunque la extracción en sí está financiada por el Estado, las familias deben pagar de su propio bolsillo los trámites legales posteriores.
“La cultura del duelo en Israel ejerce una enorme presión sobre los jueces: no pueden pronunciarse en contra”, señaló Hacker. “No debería dejarse al criterio de los tribunales de familia caso por caso. Debería existir una normativa clara, como en otros países”.
Las madres de los soldados fallecidos suelen estar al frente de estas batallas legales, cargadas de emotividad, para obtener el permiso de concebir un nieto –y de las campañas mediáticas que las acompañan–. Tras la muerte de su hijo Maor en Jan Yunis en diciembre de 2023, Sharon Eisenkot solicitó permiso para concebir con su esperma un nieto con una mujer que ella misma seleccionara. El pasado mes de julio, se convirtió en la primera madre israelí de un soldado fallecido tras el 7 de octubre en recibir dicha autorización, tras una sentencia histórica del tribunal de familia de Eilat.
“Y entonces que la madre busque a la pareja perfecta en las redes sociales se convierte en un acontecimiento nacional”, explicó Lavi. Para encontrar una posible madre Sharon Eisenkot –hermana del exjefe del ejército Gadi Eisenkot, que actualmente es candidato a primer ministro israelí– se asoció con The Stork, una plataforma israelí de coparentalidad y búsqueda de familias, fundada por la exdiputada del Knesset Michal Biran.
Las publicaciones compartidas en redes sociales presentaban al futuro niño como un homenaje a Maor y a su sacrificio. “Maor no estará ahí para llevarlo a hombros, acompañarlo a la playa, jugar al fútbol con él o preguntarle cómo le ha ido el día”, decía una de ellas. “Pero este niño tendrá una madre. No será una familia monoparental como solemos imaginarla. Aquí habrá un recuerdo vivo y vibrante de Maor, transmitido por sus amigos y seres queridos, y una familia cariñosa que espera al niño con un inmenso anhelo”.
El volumen de consultas fue tan elevado que The Stork tuvo que asignar a tres operadores telefónicos solo para responder y gestionar la avalancha de candidatas interesadas en convertirse en la madre del hijo de Maor.
“Nacidos para ser soldados”
La fertilidad está en declive en todo el mundo, pero los judíos israelíes, con una media de 3,1 hijos por mujer, tienen la tasa de fertilidad más alta de los países de la OCDE. Las numerosas familias ultraortodoxas y sionistas religiosas representan gran parte de esa cifra, pero incluso los judíos israelíes liberales y laicos tienen una media de alrededor de 2,2 hijos, muy por encima de la media de la OCDE, que es 1,4.
“Lo específico de Israel es la idea de que la fertilidad no es solo una cuestión de la pareja, sino también de la sociedad y, a mayor escala, de la nación”, señaló Hashiloni-Dolev. “En Israel, lo sagrado no es la vida individual, sino la continuidad del colectivo”.
Ese énfasis en la continuidad colectiva se ha sustentado durante mucho tiempo en las inquietudes demográficas sobre la preservación de la mayoría judía frente a unas tasas de natalidad palestinas igualmente elevadas –lo que Hashiloni-Dolev denomina la “guerra del útero”–. Durante décadas, el primer ministro, Benjamin Netanyahu, y otros líderes israelíes han presentado la fertilidad palestina como una amenaza estratégica para el carácter judío del Estado, invocando a menudo en ese contexto los millones de muertes de judíos durante el Holocausto.
Por otro lado, las altas tasas de natalidad judías se celebran como una victoria política de Israel. En la ceremonia oficial del Día de la Independencia de Israel celebrada en abril, el presidente de la Knesset, Amir Ohana, enumeró varios puntos que ilustraban “cómo es la victoria en Israel”. Entre sus ejemplos, “177.000 bebés nacidos en el último año”.
Mientras tanto, la inversión de Israel en la reproducción judía contrasta de manera llamativa con las condiciones que impone a la salud y la vida reproductiva de las mujeres palestinas. Esta guerra contra la fertilidad palestina es más evidente en Gaza, donde Israel ha bombardeado salas de maternidad y clínicas de fertilidad, y donde los abortos espontáneos se han más que triplicado en la primera mitad de 2026. El asedio continuo a los alimentos y la ayuda humanitaria, sumados a la falta de atención prenatal básica y a unas condiciones sanitarias precarias, también ha contribuido a la disminución de la tasa de natalidad en el enclave, que ha bajado un 3,2 % en lo que va de año.
Pero también en Cisjordania, las restricciones israelíes a la movilidad, los desplazamientos forzados, el acceso reducido a las clínicas de fertilidad y los cientos de ataques contra centros sanitarios desde octubre de 2023 han interrumpido la atención reproductiva. Hace unas pocas semanas, una mujer palestina dio a luz a un bebé muerto y estuvo a punto de morir ella misma a causa de la hemorragia posterior, después de que soldados israelíes detuvieran la ambulancia que la llevaba a un hospital de Nablus. En el puesto de control, los soldados le ordenaron al conductor que apagara el motor, lo que dejó sin electricidad al equipo médico de la ambulancia.
Uno de los pilares que sostiene la tasa de natalidad de la población judía israelí es un sistema extraordinariamente generoso de tratamientos de fertilidad subvencionados. Israel realiza más procedimientos de fecundación in vitro per cápita que cualquier otro país y también se enorgullece del turismo de fertilidad, lo que pone de manifiesto la infraestructura económica que ha crecido en torno a la reproducción asistida.
“La gestación subrogada es legal, la congelación de óvulos está en parte subvencionada y el sistema sanitario financia dos hijos mediante fecundación in vitro para cada mujer de hasta 45 años, sin importar su estado civil”, señaló Hacker. “Esto no pasa en ningún otro país del mundo”.
Al mismo tiempo, sin embargo, el sistema de salud público adolece de una falta crónica de financiación y el Gobierno lo descuida, por no mencionar otras restricciones en la atención de ginecología. Como explicó Hacker, “hay mucha presión sobre las mujeres para que tengan hijos. No tenemos aborto gratuito: las mujeres tienen que pasar por un comité religioso si quieren obtener una autorización”.
La ironía del pronatalismo extremo de Israel es, sin duda, que el Estado muestre escaso interés por el bienestar último de los niños judíos, a quienes recluta y envía a arriesgar sus vidas en cuanto alcanzan la edad adulta. “Israel ve a los niños como parte de un colectivo, nacidos para ser soldados”, explicó Hashiloni-Dolev.
En esta concepción, la PMSR es una forma de compensación, una respuesta al riesgo intrínseco de tener una ciudadanía militarizada. Como dijo Hashiloni-Dolev: “No podemos prometerte [que sigas con] vida, pero podemos prometerte continuidad”.
¿Dan su consentimiento los fallecidos?
En casi todos los casos de PMSR en Israel, el esperma se extrae partiendo de la suposición de que los fallecidos están interesados en continuar su linaje genético más allá de la muerte, pero sin su consentimiento real. Como señaló Lavi, “la presunción legal se ha invertido: si el fallecido no dijo explícitamente que no, cada vez más a menudo los tribunales asumen que hay consentimiento”.
No obstante, la investigación de Hashiloni-Dolev y Triger ha cuestionado la base empírica de la doctrina de la “presunción de voluntad”. En sus estudios sobre soldados israelíes varones, descubrieron que la mayoría deseaba ser padre, pero en vida. Una amplia mayoría de los jóvenes también se mostraba horrorizada ante la idea de que sus padres participaran en su reproducción tras la muerte, algo que algunos describían como en cierto modo incestuoso.
Otras investigaciones revelan de forma similar que el 63 % de los soldados israelíes varones está en contra de que sus padres utilicen su esperma tras su muerte; mientras que la mitad se opone a que lo use incluso su propia pareja.
Algunos defensores de la PMSR han presionado para resolver la cuestión del consentimiento creando un banco de esperma militar o pidiendo a los soldados que firmen formularios en los que puedan optar por no someterse a la PMSR en caso de fallecer. Pero el ejército se ha resistido a tales propuestas. Según Triger, los responsables militares creen que pedir a soldados de 18 años que “piensen en la muerte” afectaría a la moral.
Hashiloni-Dolev se pregunta si, para empezar, un formulario podría constituir un consentimiento significativo. “Es la misma lógica que enviar a jóvenes de 18 años a la guerra”, argumentó. “¿Qué saben ellos sobre si quieren la PMSR? Las preguntas que se les hacen carecen de sentido; el consentimiento es aquí una idea abstracta. Los que dicen que sí solo quieren que sus padres no estén tristes”.
Desde que se promulgó la medida de emergencia tras el 7 de octubre, se han producido acalorados debates en la Knesset sobre una legislación que regule formalmente la PMSR. Entre las propuestas que se están debatiendo se encuentra un sistema para que los soldados registren su voluntad por adelantado, lo que también permitiría utilizar su esperma para la fecundación in vitro sin la aprobación de un tribunal.
En los testimonios de los padres en duelo, la intensidad que rodea este tema ha quedado especialmente patente. Al hablar de su hijo durante una serie de audiencias, Nitza Shmueli dijo a los legisladores “si pudiera robar el esperma e ir a la cárcel por ello, cumpliría una condena de cadena perpetua sin dudarlo”.
Otra madre afirmó: “Todos sabéis que es gracias a nuestra pérdida y a la sangre de nuestros hijos que podéis vivir en este país”. Un padre arremetió contra los legisladores que se oponían a la ley, gritando: “Id a Gaza con un megáfono y decidles a los soldados que, si mueren, no tendrán continuidad”.
La legislación “no se aprobó en la Knesset porque los partidos religiosos la bloquearon”, señaló Hashiloni-Dolev. “En el judaísmo hay leyes contra la necrofilia; con la PMSR se obtiene cierta satisfacción de un cadáver y tiene que ver con los genitales. Pero, claro, ellos tampoco tienen hijos que mueran como soldados”.
Lavi considera que este punto muerto refleja una grieta más profunda entre los judíos israelíes sobre lo definitivo de la muerte. “En el sionismo liberal y religioso, superar la muerte y el duelo se convierte en una misión. Mientras que en la tradición ultraortodoxa hay una trágica aceptación de la voluntad de Dios”, argumentó.
Para Lavi, existe una ironía más profunda en torno a este debate. “La normalización de la PMSR deconstruye la narrativa oficial aquí, que siempre repite que los judíos glorifican la vida mientras que los palestinos glorifican la muerte y el martirio. Se trata de una ultra-santificación de los muertos, una unión conyugal con los muertos”.
Hacker comparte esa preocupación. “Nos estamos convirtiendo en una sociedad morbosa con múltiples formas de celebrar la muerte, en lugar de la vida”, se lamentó. “Me preocupa que las jóvenes viudas y las parejas de los soldados fallecidos se vean presionadas por sus familias políticas para someterse a una fecundación in vitro con esperma recuperado, en lugar de empezar una nueva vida mientras puedan”.
Cuando los niños se convierten en símbolos nacionales
El pasado mes de junio, la doctora Hadas Levy se convirtió en la primera mujer israelí en dar a luz a un niño concebido mediante PMSR tras el 7 de octubre. “Hasta que nació el bebé, seguía de luto por Netanel”, declaró al Times of Israel, refiriéndose a su prometido, que murió en Gaza en diciembre de 2023. “Ahora puedo despertarme por la mañana y sentir alegría”.
A medida que más y más familias solicitan permiso para utilizar el esperma de soldados fallecidos desde el 7 de octubre, es probable que más niños israelíes sean concebidos de esta manera. ¿Pero qué será de estos huérfanos de padre, concebidos como parte de un proyecto reproductivo nacional y nacidos como símbolos de la “continuidad judía”?
“Algunos grupos [durante los debates en la Knesset] expresaron su preocupación por que los niños fueran cosificados y convertidos en un monumento conmemorativo”, explicó Triger. Se refirió a la literatura psicoanalítica que se remonta a la década de los 60 sobre la controvertida idea del “niño de sustitución”: un niño concebido tras la pérdida de otro niño, que puede tener dificultades para encontrar una identidad separada de la del hermano al que se entiende que sustituye.
“Así pues, la idea de que un niño sea un monumento conmemorativo no es nueva”, afirmó Triger. “Pero en esos casos se trataba de algo privado. Con la PMSR se necesita tecnología y autorización judicial, [y] cuenta con el respaldo del sistema”.
No solo apenas existe en Israel un debate público sobre el bienestar de los niños concebidos mediante PMSR, sino que también se suele pasar por alto el papel de la madre en este proyecto de duelo nacional, considerado secundario respecto a la continuidad del soldado fallecido. La extracción de esperma centra el linaje masculino, mientras que las mujeres –viudas, parejas, madres subrogadas o mujeres que nunca conocieron al soldado– asumen la carga práctica, física y emocional de mantenerlo.
Como dijo Hacker, la concepción de la paternidad que promueve la PMSR es sumamente patriarcal. “La paternidad es voluntaria y tiene por objetivo perpetuar el linaje genético propio. La maternidad es obligatoria. Esto echa por tierra todo lo que las feministas han defendido durante décadas y perjudica a las madres, a los hijos y también a los padres”.
“No creo que las personas deban tener derecho a crear vida sin estar presentes y sin poder cuidar de sus futuros hijos”, añadió.
Por ahora, la sociedad israelí avanza tan rápido hacia la normalización de la PMSR que los marcos éticos y legales no pueden seguirle el ritmo. Y mientras nadie cuestiona el consenso más amplio sobre la guerra eterna, es poco probable que se produzca un debate serio sobre cómo la recuperación de esperma post mortem apuntala el statu quo.
“La sociedad israelí y el Estado han fallado en abordar la tragedia de la guerra y en cómo tratar el duelo y evitar la muerte. Es trágico que hayamos llegado hasta este punto”, reflexionó Triger. “No juzgo a las familias. Nunca me he visto en esa situación y espero no verme nunca”. Es un sentimiento en el que hacen hincapié todos los expertos consultados por +972: “Es una crítica hacia el Estado. Creo que crear la ilusión de que la muerte no es el final es un mecanismo que justifica la guerra perpetua”.
Nathalie Rozanes es actriz, escritora y creadora de performances de Bruselas, y vive actualmente en Jaffa-Tel Aviv.
Este artículo de Nathalie Rozanes apareció inicialmente en +972 Magazine y se republica aquí con permiso. Esta traducción española (por Marco Manrique) apareció inicialmente en CTXT y ha sido revisada por Daniel Mang.
La traducción de CTXT se publicó bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional (CC BY-NC 4.0).
Más contenido de este blog
- ¿Por qué a la izquierda le gusta Putin? Entrevista con Ilya Budraitskis e Ilya Matveev – 25 de septiembre de 2026
- Breve cronología de la transfobia en la política mexicana, por Frezapatistas con Crema – 14 de septiembre de 2023
- La izquierda antiguerra se abre paso en Israel. Entrevista a Uri Weltmann – mayo de 2024
- Neofascistas marchan en Punta Cana exigiendo la expulsión de los haitianos, por Simón Rodríguez – 5 de mayo de 2025
- Del progresismo agotado a la promesa del “capitalismo para todos” en Bolivia, por Huáscar Salazar Lohman – 24 de octubre de 2025
Salvo que se indique lo contrario, los textos originales y las traducciones producidos por el Left Renewal Blog Collective se publican bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0. El material republicado y traducido sigue sujeto a la licencia y a las condiciones de su publicación original.