«¿Qué, quién y cómo?» Primera sesión. Transcripción editada – 13 de septiembre de 2026

Más información sobre esta serie de discusiones aquí.

Introducción (BG)

Estamos en septiembre de 2026, y esta es la primera de cuatro sesiones de una serie de discusiones que llamamos «¿Qué, quién y cómo?» — una serie sobre algunos de los temas abordados en un texto titulado Left Renewal en una era de espera (Left Renewal in an Age of Waiting, en adelante LRAW). Antes de empezar, algo sobre la historia de ese texto.

En realidad se remonta al otoño de 2023 — el momento en que comenzó la actual intensificación del conflicto en Israel-Palestina: la guerra contra Gaza —, cuando escribimos, entre tres — Daniel Randall, Daniel Mang y yo mismo, Ben Gidley —, un texto que llamamos Por una izquierda consistentemente democrática e internacionalista. Buscaba defender un internacionalismo más riguroso y coherente, una renovación de la izquierda basada en lo que considerábamos valores fundamentales de la izquierda — valores que, a nuestro juicio, habían sido vulnerados en algunas de las respuestas a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 en Israel-Palestina y a la guerra posterior.

Los tres autores proveníamos de trayectorias algo distintas: Daniel Randall es miembro de un grupo trotskista heterodoxo, la Alliance for Workers’ Liberty (AWL), en el Reino Unido, mientras que Daniel Mang y yo venimos, digamos, de tradiciones políticas de la izquierda antiautoritaria. Aquel texto original tenía algunas costuras y junturas, y quizá ligeras contradicciones, que salieron a la luz en las discusiones en línea posteriores. También tuvimos la impresión de que bastantes personas que habían acogido con agrado la crítica del antisemitismo de izquierda contenida en el texto no estaban en realidad de acuerdo con su política «de izquierda radical», anticapitalista. Había asimismo otros desacuerdos entre quienes firmaron el texto.

Así que dos de nosotros — Daniel Mang y yo — escribimos LRAW, publicado a finales de 2025, «para aclarar las ambigüedades de nuestro texto original (tal y como las vemos), pero también para profundizar y ampliar el análisis». Hoy nos centraremos en las primeras partes de ese texto, que tratan de la clase, la opresión, los sujetos revolucionarios y la organización política.

Exposición: clase, sistemas de opresión entrelazados, sujetos revolucionarios y organización política (BG)

Uno de los puntos de partida del texto de 2025 fue matizar lo que, en el texto original de 2023, parecía un simple llamado a un «retorno a la clase». Sosteníamos entonces, y seguimos pensándolo, que la izquierda sí necesita recuperar el análisis de clase, porque el neoliberalismo, la desindustrialización y las derrotas del movimiento obrero han debilitado nuestra capacidad tanto de resistir como de diagnosticar qué es lo que está mal en el mundo. Al mismo tiempo, insistimos en que la política de izquierda no debe reducirse a la clase — rechazamos con firmeza el reduccionismo de clase: la idea de que la clase sería la forma fundamental o la única forma real de opresión, y de que las luchas en torno al género, la «raza», la sexualidad y otras formas de dominación serían secundarias respecto de la clase, o en última instancia reducibles a ella.

Sobre la clase misma: la imagen tradicional de la clase obrera encarnada en el trabajador industrial varón de los bastiones industrializados del Norte global fue siempre demasiado estrecha. El trabajo de las mujeres, el trabajo racializado, el trabajo doméstico, el trabajo agrícola y el trabajo «de cuello rosa» de hoy en los cuidados y otros sectores de servicios, junto con otras formas de trabajo inmaterial, son todos absolutamente centrales para el capitalismo. La clase obrera debe entenderse de otro modo que como lo ha hecho la izquierda tradicional — la migración y la movilidad dentro de la reestructuración global de la producción forman parte de la historia de esa clase, y no son cuestiones externas que puedan separarse. Una política de clase genuinamente internacionalista debería conectar las luchas de las y los trabajadores de las regiones desindustrializadas del Norte global con las luchas de quienes trabajan en las regiones del mundo en proceso de industrialización, en lugar de tratarlas como competidoras.

Sobre los sistemas de opresión entrelazados (un tema que se desarrollará más en sesiones posteriores): el capitalismo no barre sin más las formas de dominación más antiguas — incorpora, transforma y aprovecha relaciones existentes como el patriarcado, las jerarquías racializadas, la casta y otras formas de diferenciación social. Estos sistemas conservan sus propias dinámicas autónomas; están interconectados con el capitalismo, pero no pueden explicarse simplemente como sus efectos. Se trata de analizar las conexiones entre las distintas estructuras de dominación y explotación sin fundirlas en un único gran sistema con una sola causa subyacente. A diferencia de muchos marxistas y anarquistas — incluso en las mejores partes de la «izquierda trad» —, el objetivo no es un análisis que presente «la clase más las otras opresiones», sino uno que tome en serio la especificidad y la autonomía relativa de las distintas opresiones. El reduccionismo de clase, como política que sobredimensiona la primacía de la clase, abre la izquierda al pensamiento reaccionario, o al menos a alianzas con fuerzas reaccionarias (por ejemplo, nacionalistas, masculinistas).

Sobre el sujeto revolucionario: esto tiene implicaciones para cómo pensamos quién porta la política emancipadora. Hay aquí un escepticismo hacia la idea de un sujeto revolucionario único, ya existente y «puro» — ya se lo imagine como la clase obrera industrial, un proletariado abstracto, una identidad oprimida particular o un movimiento de liberación nacional. Los movimientos sociales reales contienen siempre políticas y motivaciones contradictorias. La respuesta no es buscar el grupo revolucionario perfecto, sino construir alianzas entre las luchas realmente existentes — apoyando sus tendencias emancipadoras y combatiendo a la vez sus tendencias reaccionarias, en lugar de esperar a que la gente sea moral o políticamente perfecta antes de organizarse con ella. Esto conlleva escepticismo hacia las vanguardias y hacia los grupos de afinidad aislados y ensimismados, a favor de pensar qué significa tender la mano a aliad·s con quienes realmente se pueda trabajar.

Sobre la organización política, las corrientes y las coaliciones: es altamente improbable — quizá incluso improbable en principio — que nada de esto se haga realidad en un futuro previsible. La tarea, entonces, es sembrar semillas y sentar las bases para la renovación de luchas dispersas. El fundamento de este enfoque de la organización política es reconstruir el movimiento obrero, sí, pero también conectar las luchas de izquierda con los movimientos feministas, antirracistas, queer, ecologistas, migrantes, anticoloniales, indígenas y otros. La organización debe ser coalicional, no sectaria — trabajar con las estructuras existentes cuando resulte útil (sabiendo que a veces pueden transformarse desde abajo), defendiendo al mismo tiempo un compromiso táctico con alianzas electorales, incluso con personas que no comparten todo el programa radical. El principio rector es la acción estratégica antes que la pureza ideológica: identificar los peligros inmediatos, construir las alianzas emancipadoras más amplias posibles, hacer concesiones tácticas cuando sea necesario, pero conservando un horizonte revolucionario a más largo plazo.

En resumen: la clase sigue importando enormemente, pero rechazamos los enfoques que lo reducen todo a ella. La tarea es comprender cómo interactúan los distintos sistemas de explotación y opresión mientras se construye un amplio movimiento internacionalista capaz de hacer converger esas luchas — sin fingir que todas son una misma lucha. Es un mensaje dialéctico: un retorno al análisis de clase materialista, pero una despedida definitiva de la idea de que la clase es el centro de todo. Estas discusiones no pretenden crear una «gran carpa» [big tent], pero sí constituyen un paso en un proceso de construcción de coalición — una discusión abierta y necesaria sobre las cuestiones fundamentales de la política radical hoy, que aspira con el tiempo a una corriente identificable capaz de tender la mano a otras. Reunir un conjunto de ideas bastante específico en un marco común es una condición previa para participar después con éxito en la construcción de coaliciones más amplias con personas con quienes no se está del todo de acuerdo.

Discusión: sujetos revolucionarios, construcción de coaliciones, unidad sin un relato único

Una persona participante en la discusión planteó lo que a todas y todos les pareció una cuestión fundamental:

Si uno se aleja de la idea de un sujeto revolucionario único, esto introduce verdaderos desafíos estratégicos para la organización y para un programa concreto y práctico de cambio social. ¿Sobre qué base se reúne a la gente y se la motiva a favor del cambio social — sobre todo en una coalición — cuando las distintas luchas implicadas no son todas «una sola cosa»? ¿Cómo mediar cuando, sobre el terreno, una lucha parece entrar en conflicto con otra que uno quiere tratar como parte de la misma coalición, o como fundamentalmente ligada a ella? ¿Cómo pasar de un relato monolítico a un conjunto de estructuras más disperso sin dejar de hacerlas converger, tanto teórica como estratégicamente?

En respuesta, la cuestión se dividió en dos mitades: primero, un problema narrativo — la clase solía proporcionar un relato en torno al cual la gente podía unirse, y una vez perdido ese relato, la explicación de lo que ocurre se vuelve demasiado compleja para movilizar fácilmente; segundo, un problema ético y de riesgo político — los socios de coalición pueden compartir un compromiso (por ejemplo, oponerse al imperialismo ruso, o al patriarcado) y sostener a la vez posiciones que la coalición debería rechazar (por ejemplo, su propio nacionalismo, o la idea de que las mujeres trans no serían mujeres).

Entre los puntos planteados en la discusión:

La nostalgia no es una solución. Existe un reflejo reactivo habitual — la nostalgia de una supuesta cultura obrera común de hace un siglo (lugares de trabajo compartidos, coros, clubes de fútbol) que desde entonces se ha fragmentado bajo la subcontratación y la precariedad de la contratación dispersa. Esa nostalgia no ofrece ninguna vía de futuro.

Perseguir tendencias tampoco es una solución. Otro reflejo reactivo consiste en perseguir de forma oportunista cualquier símbolo o estética que parezca atraer a las personas más jóvenes (el ejemplo dado: constatar que a la «generación Z» le gusta una determinada bandera y decidir empaquetar un mensaje marxista-leninista u otro en torno a ella, u organizar un concierto para atraer a la gente y así transmitirle «el mensaje»). El impulso que hay detrás — prestar atención a lo que de verdad moviliza a la gente — no es erróneo en sí mismo, pero no basta; lo que hace falta es algo más parecido a proponer una nueva cultura común, sea cual sea la que finalmente resulte.

La atracción hacia marcos teóricos únicos y omniabarcantes (por ejemplo, la teoría de la reproducción social, la teoría del capitalismo racial) que intentan plegar toda lucha dentro de una sola estructura se señaló como otra forma de búsqueda reactiva de unidad — no la nostalgia de un relato simple, sino la búsqueda de un relato único de jerarquía unificadora. El desafío es sostener juntos varios relatos sin caer en el relativismo y la confusión.

Sobre la coalición y el compromiso: el texto intenta articular esto mediante la idea de «líneas rojas» — tiene que haberlas, pero distintos grados de emergencia exigen distintos grados de compromiso. Siempre hay compromiso, incluso con las personas más próximas; nadie está nunca del todo en sintonía. Esto se maneja mejor como un juicio de escala móvil que mediante categorías fijas de «buenas personas» y «malas personas» decididas de antemano — tratando algunas cosas como la verdadera emergencia que exige acción inmediata, y otras como asuntos más a largo plazo en los que uno puede permitirse ser más exigente.

La gente cambia, en ambas direcciones. La gente se radicaliza a través de la lucha, la solidaridad y la construcción de coaliciones — pero también puede desradicalizarse o volverse reaccionaria. Existe un cuerpo considerable de literatura sobre cómo la lucha de clases construye la conciencia de clase, y uno mucho menor sobre el proceso inverso (nada infrecuente).

Exposición: reduccionismo de clase y fundamentalismo de clase (DM)

La distinción entre «reduccionismo de clase» y «fundamentalismo de clase» se atribuyó al coautor Daniel Randall, a partir de una discusión anterior con él sobre LRAW.

¿Qué entendemos por reduccionismo de clase? En Reversing the Decline of Union Power, Eddie Dempsey, una figura sindical británica, escribe: «Tales evoluciones fragmentaron la solidaridad de clase y sustituyeron las demandas universalistas de igualdad y dignidad por un énfasis en las categorías de identidad individual. Para muchos votantes de clase trabajadora, la izquierda apareció cada vez más dominada por activistas moralizantes de clase media, obsesionados con las cuestiones de raza, género y clima. Mientras tanto, se desatendían preocupaciones materiales como los salarios, la vivienda y la seguridad social. Este nuevo marco posmoderno — despojado de toda política de clase — ha sido promovido por una izquierda política a menudo carente de activistas de origen obrero y ocupada en celebrar la diferencia en lugar de la solidaridad y la democracia.» Esto no es del todo un disparate — en algunos ámbitos ha habido un retroceso de la atención a los salarios, la vivienda y la seguridad social, y realmente faltan suficientes activistas de origen obrero en la izquierda —, pero sigue siendo, en lo esencial, un argumento bastante pobre, y un buen ejemplo de reduccionismo de clase contemporáneo (2026).

¿Qué entendemos por fundamentalismo de clase? Se leyó un extracto de un artículo publicado en el sitio web de la Alliance for Workers’ Liberty, en respuesta a Dempsey (No, «el género, la raza y el clima» no son «preocupaciones de clase media»): «El artículo de Dempsey se presenta como una defensa del “universalismo” frente al “posmodernismo” y la “política identitaria”. Workers’ Liberty lleva muchos años criticando lo que consideramos un “abandono de la clase” en buena parte de la izquierda radical, hacia una política de tipo ONG, que a menudo sustituye a otras fuerzas sociales como agente central del cambio. Dempsey ofrece una caricatura distorsionada de esa crítica. En realidad, su perspectiva es otra forma de política identitaria, con la “clase trabajadora” reducida a una categoría de identidad cultural en lugar de a un colectivo social diverso. La capacidad de la clase trabajadora para actuar como agente universal de la emancipación humana colectiva se basa precisamente en nuestra capacidad de integrar en nuestro programa de liberación e igualdad las luchas de aquellos sectores de nuestra clase que enfrentan formas específicas de opresión. Sin un enfoque así, la unidad de clase está siempre amenazada.»

La crítica formulada a esta segunda posición, más sofisticada: incluso aquí el marco sigue apegado a la idea de la clase trabajadora como agente universal de la emancipación humana colectiva — una noción descrita como que nunca tuvo mucho sentido en sus propios términos (un argumento más completo de por qué se dejó para una sección posterior).

Exposición: ¿qué es la «izquierda»? (DM)

Lo que significa «izquierda» ha sido siempre objeto de lucha interna — cabe sostener que parte de lo que caracteriza a la izquierda es precisamente que quienes se adhieren a ella pelean por lo que es.

Se introdujo una distinción entre definiciones descriptivas y prescriptivas: descriptiva significa examinar la historia de los movimientos y tratar como parte del fenómeno a todo el que se llama a sí mismo «de izquierda»; prescriptiva parte, en cambio, de alguna idea central, de primeros principios, o de algo que se considera emergente de las dinámicas de la historia.

Contextos nacionales distintos producen sentidos muy diferentes de lo que significa «izquierda». Ejemplos planteados: la India carece en gran medida de una socialdemocracia moderna al estilo europeo (como los EE. UU.), y son en parte los partidos estalinistas/marxistas-leninistas los que cumplen ese papel en su lugar — de un modo muy distinto, y con el culto a Stalin y Mao todavía vivo hoy; la Europa del Este y Asia Central postsoviéticas han vivido un colapso drástico y continuo de la legitimidad de todo lo que se llame izquierda, comunista o socialista, de modo que quienes intentan renovar, cambiar o preservar algo allí reaccionan ante una situación muy diferente. Otro ejemplo: organizarse con personas de izquierda libertaria, feministas y queer en ciertos círculos estadounidenses donde la «clase» suele estar sencillamente ausente de la lista de cosas contra las que la gente se organiza, frente a experiencias en Francia donde la autoorganización como mujeres, personas queer o personas racializadas es tratada por parte de la izquierda como ilegítima — vista como una importación de la «sociología estadounidense» que estaría «arruinando» el movimiento de izquierda local. La cuestión: personas insatisfechas con aspectos de la izquierda, aun empleando las mismas palabras, a menudo no quieren decir lo mismo ni comparten las mismas experiencias, y esto no debe darse por descontado.

Discusión: fundamentalismo de clase, la izquierda global, definiciones de «clase»

De vuelta al fundamentalismo de clase. Una persona pidió más detalles sobre la posición de la Alliance for Workers’ Liberty (AWL), ya que — como con el marco del «fundamentalismo de clase» comentado antes — la respuesta aparente de la AWL para salvar las distancias entre las luchas equivale en esencia a «ponerlo todo bajo el mismo techo» (es decir, tratar las demás opresiones como expresiones del papel emancipador universal de la clase trabajadora, o como subordinadas a él). Se sugirió que, si se considera que esto es erróneo, hay que explicitar claramente los defectos, porque — a diferencia de la versión burda («hay que volver a lo que les importa a los trabajadores de verdad», que colapsa en pura nostalgia cultural) — la postura de la AWL no es incorrecta de forma evidente: sí trata el género, la raza y el clima como cuestiones reales y pertinentes, no como meros «entretenimientos». Entonces, ¿cuál es, en concreto, el problema?

¿Existe todavía una «izquierda global»? Una segunda pregunta indagaba si aún hay puntos en común a lo largo de la izquierda global — si existe una izquierda global en algo más que el nombre, y qué rasgos comunes (si los hay) podrían identificarse entre distintos contextos nacionales y regionales.

Una crítica del vanguardismo marxista-leninista. Una persona ofreció una crítica de los marcos leninistas: incluso las corrientes marxistas-leninistas más sofisticadas, menos sectarias y menos «vanguardistas» (incluida la AWL, según esta visión) siguen situando la clase como el anclaje último del marco — hay lugar para «la clase más» otras preocupaciones, pero la clase permanece siempre en el centro. Incluso las mejores versiones de esto siguen siendo unidimensionales: siempre tratan de engrosar esa única dimensión, en lugar de abrirse a algo genuinamente multidimensional.

Niveles analítico y estratégico de la cuestión de «la clase primero». Otra persona distinguió un argumento analítico de uno estratégico para situar la clase en el centro. En lo analítico, un argumento sostiene que las relaciones sociales capitalistas son ya genuinamente globales, tras haber integrado a casi todo el mundo en el circuito del capital global — pero este argumento nunca convenció del todo a esta persona, porque el patriarcado (y la dominación masculina en sentido más amplio) es también cuasi universal y tiene raíces históricas mucho más profundas que el capitalismo, al que precede en siglos. Las luchas dentro de ese campo (género/patriarcado) son obviamente importantes para conectarlas con las luchas anticapitalistas y de clase, y se reconocieron los aportes de los enfoques de la reproducción social — pero algo como la violencia sexual no se presta a una integración fluida en un análisis centrado en la economía política; forzarla corre el riesgo de una falsa jerarquización de las cuestiones dentro de los movimientos.

En el plano estratégico: la gente a menudo ya sabe lo que quiere estratégicamente (por ejemplo, «la unidad de las luchas»), y por eso gravita hacia teorías que prometen unificarlo todo bajo un término clave o un agente clave con el poder de cambiarlo todo — porque eso resulta estimulante. Pero la convicción expresada fue que, tanto analítica como estratégicamente, los enfoques de «la clase primero» — incluso en formas fundamentalistas pero no reduccionistas — son fundamentalmente erróneos: dan una mala explicación de la historia y no producen buena política.

Tradiciones nacionales y el «retorno a la clase». Se sugirió que la propia idea de «retorno a la clase» puede arrastrar un sesgo anglosfera/nordatlántico (y sobre todo estadounidense) no explicitado, que se globaliza del mismo modo que a veces lo hace el discurso sobre la raza — es decir, que «el retorno a la clase» tiende en realidad a significar un retorno a una clase obrera específicamente de tipo Rust Belt euroamericana, más que a la clase en toda su multiplicidad histórica.

Definir la «clase» (a raíz de un comentario externo). Uno de los comentarios sobre LRAW fue que nunca define realmente qué significa «clase». En respuesta, una línea de argumentación: la terminología de clase no es exclusiva del capitalismo (no hay consenso sobre cuándo comenzó el capitalismo ni sobre qué lo caracteriza exactamente); en su raíz, el concepto atañe al trabajo y los recursos — en Marx, la plusvalía y el plustrabajo, pero la idea de un plustrabajo expropiado puede aplicarse a muchas formas sociales: desde aquellas en que un señor posee la tierra, con campesinos atados a ella que no pueden simplemente marcharse, hasta aquellas en que un señor posee directamente a las personas; hay muchos grados de no-libertad en el trabajo no libre, desde la esclavitud-mercancía, pasando por formas flexibles de esclavización, hasta la servidumbre, etcétera — distintas maneras de exprimir «más» de algunas personas. En sociedades sin una frontera clara entre «la economía» y todo lo demás (la mayor parte de la historia humana), aplicar estos términos se vuelve delicado. Con todo, sigue teniendo sentido, siempre que se acepte una necesaria difuminación. El trabajo de las mujeres es apropiado por los hombres en muchos tipos de sociedades, y una difuminación adicional en las definiciones de «lo material», el trabajo y la clase aparece en cuanto se toman en serio los intercambios emocionales, afectivos o sexuales asimétricos (con un grado de consentimiento variable). ¿Hablamos entonces de «explotación» del «trabajo afectivo» y del «trabajo sexual»? Dónde termina la clase/el trabajo y dónde empiezan el género, la raza, la casta o la etnicidad es necesariamente borroso — no solo en las sociedades precapitalistas y no capitalistas, sino también bajo el capitalismo, pese a que muchos teóricos de izquierda prefieran definiciones nítidas del tipo «la clase trabajadora = quienes no poseen los medios de producción», que suenan pulcras pero no siempre ayudan a explicar la realidad social.

Otras personas expusieron luego sus propios puntos de vista sobre la clase:

La clase como siempre en movimiento — una relación, no una cosa — apoyándose en los esfuerzos por estirar el marxismo (por ejemplo, a través del Black Marxism y el feminismo materialista, y las tradiciones autonomistas en torno a la composición de clase). En el marxismo clásico, la clase tiene una primacía peculiar porque es la única categoría capaz de disolver todas las demás (la idea marxiana de las «cadenas radicales») — por oposición a una idea nostálgica y fija de la identidad de clase que uno se limita a defender. Otra influencia citada: las ideas thompsonianas de la clase como algo que se «hace» (que se hace a sí misma) — retomadas por feministas de la reproducción social que analizan las recientes oleadas de huelgas de mujeres como una suerte de autoconstitución de la clase en acto; ese énfasis en la autoconstitución se propuso como un antídoto útil frente a las nociones reduccionistas, cuasi identitarias y fijas de la clase.

Una breve digresión sobre el término «clase profesional-gerencial» (PMC), señalado como un término empleado con ligereza en el discurso de la izquierda anglófona pese a arrastrar una imprecisión de definición real, y con sorprendentemente poca crítica sostenida — se apuntó para una discusión posterior, aparte.

Exposición: definiciones descriptiva y prescriptiva del izquierdismo (DM)

Por qué insistir en la etiqueta «izquierda» y qué debería significar:

En el texto, «izquierda» se usa de forma descriptiva — aunque buena parte de lo que efectivamente se presenta como izquierdismo no sea considerado realmente izquierdismo por los autores, y con conciencia del riesgo del «verdadero escocés» (no true Scotsman): definir las cosas de modo que solo cuente como izquierdista «de verdad» quien uno ya ha decidido que cuenta — lo cual es un recurso algo fácil. Hay aquí un ir y venir asumido: por ejemplo, una persona dijo (medio en broma) que a veces simplemente ignora la afirmación de algunos anarquistas de que no son de izquierda, y sostiene en cambio que, de hecho, son una especie de socialistas y comparten muchos de los mismos problemas de fondo que el resto de la izquierda, les guste o no oírlo.

Pero el uso descriptivo no basta por sí solo — el término también debe emplearse de forma prescriptiva. Una vía de entrada: partir de la existencia de jerarquías entre los seres (humanos y no humanos) — jerarquías de valor ampliamente aceptadas como naturales. Para nosotros, uno de los núcleos del izquierdismo en este sentido prescriptivo es poner en cuestión la supuesta naturalidad de la diferencia jerárquica: no, los hombres no son más inteligentes ni más racionales; no, las personas blancas no son superiores; y así sucesivamente. Esto se vuelve especialmente claro con el resurgimiento de la extrema derecha, cuyas corrientes más duras afirman abiertamente creer en una superioridad racial y de género. Donde la izquierda tropieza es con cuestiones menos populares o menos cómodas — por ejemplo, la opresión, la explotación o la dominación de la infancia, el desprecio hacia las personas mayores, la discapacidad y el estado de salud, la belleza y las políticas del cuerpo; incluso algunas partes del pensamiento progresista o de izquierda siguen siendo vulnerables a una lógica «civilizatoria» según la cual habría que «elevar y sacar» a ciertas personas de un estado supuestamente atrasado o incivilizado — una lógica ligada a juicios sobre quién está más cerca de «la naturaleza» o «lo animal». Esto, a su vez, se conectó con la cuestión más amplia del trato a los animales no humanos: la animalización y el menosprecio de otros seres sintientes (criarlos, comerlos y usarlos «como nos plazca», tratados como no problemáticos) se describieron como claramente ligados al racismo y al patriarcado a través del especismo (señalado como tema para una futura discusión propia).

Exposición: elementos fundamentales del izquierdismo (DM)

Sobre la base del rechazo de la jerarquía «natural», se propone un núcleo positivo:

Igual valía. Si se niega que la jerarquía y la diferencia de valor sean naturales, la afirmación subyacente es que todos somos iguales — iguales, como mínimo, en nuestra capacidad de sufrimiento, infelicidad, aislamiento y otras experiencias negativas, que tienen igual peso e importancia con independencia de quién las experimente. De ahí se siguen los valores clásicos de la izquierda de igualdad — no hay justificación para que una persona tenga más tiempo libre, más espacio para vivir, o más de cualquier otra cosa.

Libertad — entendida menos como «libertad respecto de» (freedom from) en un sentido individualista y egoísta, y más como «libertad para» (freedom to).

Comunidad, cooperación y cohesión social — una vez puestas sobre la mesa la igualdad y la libertad, estas se siguen como otros valores «co-» ligados a ellas.

Una afirmación empírica/aspiracional subyacente: la gente sería en realidad más feliz sin privilegio jerárquico de unas personas sobre otras y con más cooperación.

Esto se señaló explícitamente como una formulación de alto nivel, abstracta, pero que se considera importante enunciar con claridad de vez en cuando.

Comentario: igualdad y libertad (BG)

Un punto complementario, en respuesta a esta formulación: una insatisfacción persistente con el encuadre estándar «izquierda = igualdad, derecha = libertad» es que la gente tiende a oír «igualdad» como nivelación, uniformidad, o igualdad de resultados/de oportunidades. Una lectura alternativa, apoyada especialmente en el marxismo, sitúa el núcleo no en la igualdad como tal, sino en la libertad entendida como antagonismo hacia la explotación — hacia el hecho de que una parte de uno mismo sea extraída a través de la relación laboral — una posición más cercana a un libertarismo profundo (en el sentido clásico, no «de derecha») que a un igualitarismo estrecho. Formular el valor compartido como «igual valía» en lugar de mera igualdad capta bien esto, ya que la libertad es fácil de reivindicar para la derecha, mientras que la igual valía (extendida, según la pregunta anterior de una persona, también a los seres no humanos — tema para una futura sesión) encaja de forma natural junto a los demás valores «co-» (comunidad, cooperación, cohesión) en lugar de formularse en términos de nivelación.

Exposición: los argumentos a favor de una política de izquierda radical (DM)

¿Cuál es la razón para insistir en una perspectiva de izquierda radical o revolucionaria, en lugar de una más «moderada», «socialdemócrata»? Se ofrecieron dos respuestas principales:

Preservar el horizonte radical/utópico. Dado lo improbable que es el éxito en un futuro previsible, es necesario preservar de todos modos un horizonte radical o utópico — seguir imaginando y afirmando que un cambio fundamental es posible y plausible, incluso a contracorriente de la experiencia cotidiana que dice que es imposible. Parte de la lucha consiste en no permitir que la derecha borre hasta la imaginación misma de una alternativa radical o de un cambio genuino. Esta justificación se describió como razonablemente convincente pero «un poco débil» por sí sola.

Los límites estructurales del «apaño» socialdemócrata. Una segunda justificación, más fuerte: hay buenas razones para pensar que la reforma socialdemócrata — aceptar la propiedad privada y el sistema capitalista en su conjunto mientras se intenta construir un Estado de bienestar dentro de él — tiene límites estructurales. Históricamente, funcionó sobre todo (y aun así, de manera desigual) para la gente del Norte global, y sus éxitos allí se construyeron a menudo a costa del imperialismo. Allí donde se han producido intentos democráticos de cambio más fundamental (ejemplos planteados: Chile; posiblemente la Francia de 1981 bajo Mitterrand), la respuesta de los poderes establecidos no ha sido una aceptación pasiva — guerra económica, golpes de Estado o guerra civil han seguido, defendiéndose los intereses dominantes. Así que el «apaño» tiene límites claros: mientras el capitalismo funcione como lo hace, las clases dominantes seguirán acumulando riqueza y poder, hasta que la democracia liberal se vuelva estructuralmente incompatible con el sistema — el capitalismo y la democracia son, tendencialmente, incompatibles.

Un mecanismo relacionado: los partidos y organizaciones de centroizquierda se ven estructuralmente forzados a movilizar a personas que sufren la explotación en torno a promesas que los propios límites del sistema nunca les permitirán cumplir del todo — un mecanismo automático por el cual las formaciones de centroizquierda tienden a autodestruirse de forma repetida, porque no pueden ofrecer funcionalmente nada que aborde realmente los problemas de fondo que enfrenta la mayoría.

Conclusión: el «apaño» no puede ser una solución — sin un cambio más fundamental, la trayectoria probable es la muerte de la democracia y la catástrofe climática.

Discusión de cierre

El tramo final de la discusión volvió a la pregunta anterior de una persona sobre estrategia y coalición, esta vez planteada en torno a la historia, la esperanza y lo que puede decirse o teorizarse útilmente ahora:

Una reflexión: no hace tanto tiempo (en el arco de la historia humana) la izquierda pareció tener una oportunidad real en varios lugares — lo que plantea la pregunta de qué puede aprenderse de ese pasado y cómo pensar el futuro. Una postura: el cambio, si llega, no se manifestará sin más de forma progresiva «de la nada» — tiene que ser, de algún modo, dicho para existir, pensado y teorizado (aun imperfectamente) de antemano, de modo que, cuando finalmente ocurra algún viraje decisivo o «ruptura», ya circulen palabras e ideas capaces de dar forma a cómo la gente piensa y actúa en ese momento — porque en algún punto, para bien o para mal (clima, IA u otra cosa), algo decisivo ocurrirá, y todavía habrá gente para disputar lo que venga después.

Una advertencia contra el desprecio hacia los liberales y los socialdemócratas: aunque la política incrementalista y socialdemócrata se vea (según la discusión anterior) como en última instancia inútil como solución, vale la pena comprender sinceramente por qué la gente querría creer en pasos intermedios pequeños y alcanzables para evitar el desastre — esto es menos un desacuerdo teórico que una cuestión de cómo debatir de forma productiva con personas a las que uno considera insuficientemente radicales.

Se destacó con aprobación una formulación del texto Left Renewal en una era de espera: pensar tácticamente la contingencia de la coyuntura actual, estratégicamente «el día después», y con la mirada en el horizonte de un tiempo plenamente emancipador. Se discutió el riesgo de perder de vista cualquiera de estos tres niveles: centrarse solo en lo incremental/táctico erosiona el horizonte emancipador y uno acaba estructuralmente incapaz de operar un cambio real (el incrementalismo tiende a encoger sin cesar sus propias ambiciones); pero un horizonte sin una teoría viable de la táctica o la estrategia para «el día después» tampoco deja capacidad real de incidir en el mundo.

Un intercambio adicional matizó todo rechazo en bloque del «incrementalismo»: históricamente, vista en retrospectiva, toda cosa que ocurre puede describirse como habiendo procedido de manera incremental — incluso las rupturas revolucionarias están hechas de incrementos cuando se las mira de cerca — y la gente no se equivoca sin más al querer algunas victorias visibles e incrementales como prueba de viabilidad antes de comprometerse más. Al mismo tiempo, hubo la sensación de que quizá estemos en un momento en que la gente «va de compras» activamente en busca de alternativas a la socialdemocracia al estilo europeo y al liberalismo estadounidense de posguerra, sin que la izquierda radical ofrezca actualmente un hogar evidente — por una mezcla de razones autoinfligidas y no autoinfligidas (por ejemplo, la política electoral estadounidense en curso, que promete, en el mejor de los casos, algo no muy por encima de una socialdemocracia al estilo europeo). El pensamiento de cierre ofrecido: la verdadera pregunta quizá no sea si la gente está abierta a una política más radical (muchos parecen estarlo, sencillamente por las dislocaciones del momento presente), sino si esa apertura puede organizarse en alguna formación política de izquierda coherente — algo que, en el momento de la discusión, todavía parecía altamente especulativo.

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